quinta-feira, abril 06, 2017

HILOS

            Una mujer joven se sienta en un banco de la plaza. Disfruta de la suave brisa y de un sol templado. No más está. Siente a una mujer mayor sentarse a su lado. Como ella, quizás, quiere disfrutar de esta tranquila mañana. Entonces, oye la débil voz de esa mujer que acaba de sentarse a su lado. “¿Sabes para qué se cuentan historias?”. “¿Perdone?”, pregunta extrañada la joven. “Las historias, si sabes para qué se cuentan”, le repite pausadamente. “Pues, no sé, para pasar un rato agradable”. “Si, eso es verdad; pero el verdadero valor de las historias es guardar el recuerdo de quien las ha contado. Eso decía nuestra madre. Al recordar un cuento, unos hilos invisibles te unen con quien la ha contado. Recuerdas su voz, sus gestos, su respiración y su mirada, y, de esta forma, siempre estará contigo. Eso decía nuestra madre.” La mujer joven, casi sin quererlo, está atrapada por las palabras de aquella desconocida. Mueve su huesudas manos en el aire, quedamente; la mirada perdida. Entonces, se gira y la mira a los ojos. “¿Sabes el cuento de Kukubiltxo? Nuestra madre nos lo contaba de pequeñas. Y cada vez que lo recuerdo me viene a la memoria mi madre. Su sonrisa, su tono de voz, sus gestos, y también su arroz con leche.” Y una pequeña sonrisa ilumina su cara. Ha comenzado a contarle el cuento; y la joven ha sentido unos hilos invisibles que la unían con esa mujer desconocida. Y ha sabido que al recordar ese cuento ella vendría siempre a su memoria. Para eso sirven los cuentos contados. Hilos invisibles.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

sexta-feira, março 31, 2017

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE CULTURA?

A la hora de hablar sobre cultura surge un primer problema en torno a la definición de la misma. ¿Qué es la cultura? ¿Cómo se define? Seguramente es algo que cada cual, aunque no exactamente, podemos sobreentender. De todas maneras si preguntamos a cualquiera, hasta a nosotros mismos, sobre lo que entendemos por cultura, las definiciones serán dispares. Esta dificultad ha tenido sus vaivenes a lo largo de la historia. Desde su definición en relación a la agricultura, que utilizaban allá por el siglo XVIII, hasta las actuales, las reflexiones en torno a este tema han sido expuestas por filósofos, políticos, antropólogos, etnólogos y, si me apuran, por la tertulia habitual del poteo. Ya los griegos hablaban del cultivo del alma humana para el desarrollo de la persona. Mucho más tarde se entendía el desarrollo de la cultura como el paso del ser humano de la barbarie a la civilización. Una persona culta sería una persona civilizada. En esta continua evolución de los intentos por definir la cultura, los mismos momentos históricos condicionan su entendimiento. Así, la Ilustración, base ideológica de la Revolución Francesa, hacía hincapié en la cultura como instrumento liberador de las personas desde una perspectiva universal y, al mismo tiempo, individual. La cultura como rasgo distintivo del ser humano ante el ser animal, como creación humana a lo largo de los siglos, como signo de progreso, como característica universal, impregna el cambio que trae la ilustración. Con ello el cultivo de las artes y la ciencia sufre un impulso tanto técnico como filosófico que marcará el devenir de las sociedades a partir de entonces. Ante este pensamiento tenemos a los filósofos románticos alemanes con la idea de lo cultural como definitoria de una identidad propia, surgiendo el concepto de distintas culturas en función de distintas identidades nacionales; desarrollando la idea de la cultura como característica definitoria de diferentes sociedades humanas, de un mundo heterogéneo y diverso, ante el concepto de universalidad. El orgullo nacional definido por una cultura propia y diferente de otras. Estos dos posicionamientos en torno a la cultura llegan hasta nuestros días, cruzándose, complementándose a veces, marcando, del mismo modo, posturas políticas muchas veces antagónicas. En definitiva, que esta cuestión de definir la cultura viene siendo un verdadero quebradero de cabeza, dada su importancia a la hora de entender el desarrollo de nuestras sociedades y su estructuración, tanto social como política.
            Pero entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de cultura? Tratar de buscar una definición actual de su significación no es tema baladí, aún sabiendo que, tal y como nos enseña la historia, sea, quizás, algo transitorio y , seguramente, subjetivo. La importancia de esa necesidad hoy en día, viene dada por el lugar que ocupan las políticas culturas en las distintas administraciones que nos gobiernan. Las dinámicas culturales están condicionadas casi en su totalidad por dichas políticas, tanto directa como indirectamente, a través de ayudas económicas o de infraestructuras. Todas esas políticas, si bien están envueltas en discursos parecidos, no llegan a definir claramente ese conglomerado que llamaríamos cultura y se limitan a ofrecer una serie de servicios dirigidos a la sociedad en los que prevalece la idea de permitir un amplio acceso al consumo de propuestas culturales, en clara relación con el uso del tiempo libre.

La cultura como industria
            Volviendo a las definiciones, el departamento de cultura de la Diputación Foral de Gipuzkoa, en la presentación de los presupuestos de 2016, definía la cultura como “un sistema de valores que estructura la sociedad. Un instrumento para la convivencia y la transformación social”. Dentro de esta definición proponían la actuaciones en el sector bajo dos premisas: el acercamiento de la cultura a la ciudadanía e impulsar las industrias culturales como fuente de riqueza y empleo. El mismo diputado de cultura Denis Itxaso, del PSE-EE, al anunciar la creación de una Unidad de Participación e Innovación Cultural, con el objetivo de gestionar los grandes proyectos estratégicos, presentaba dicha unidad como “una muestra de nuestra voluntad de desarrollar iniciativas culturales transformadoras que sean palanca de cambio en el modelo cultural”. Vemos, pues, cómo las instituciones, en este caso la Diputación de Gipuzkoa, entienden el desarrollo cultural a través de grandes inversiones en infraestructuras, con el objetivo, antes mencionado, de que la cultura sea una palanca de cambio y transformación social. Pero si nos fijamos bien, todo ese cambio viene impulsado por las grandes infraestructuras y el impulso al consumo cultural, siendo estos dos puntos claves en su gestión pública, bajo la idea de generación de empleo y riqueza, no cultural sino económica.
            Vamos viendo, entonces, que cada vez más el impulso a la cultura viene asociado a un intento de desarrollo económico que, a modo de binomio fantástico, ayudará a generar dinámicas de bienestar y modernidad en las personas. Se nos muestra, así, la cultura ligada a la economía, siendo las instituciones públicas las generadoras y promotoras de ese impulso. Todo ello hace que el concepto de industrias culturales tenga cada vez más protagonismo, presentando  a éstas como el motor de la cultura en nuestra sociedad. Desde ese punto de vista, la gestión de la cultura se ve supeditada a un concepto de mercado en el cual las llamadas industrias culturales son la piedra angular de un sector identificado, no ya con esa esperanza de buscar el desarrollo intelectual y humano de las personas, sino como dinamizador económico.  En ningún momento, en cambio, se pone en cuestión el modelo económico por el cual se regirán dichas industrias y dinámicas económico-culturales. Vivimos en una sociedad basada en una economía capitalista en la cual es el mercado quien manda, quien ejerce presión para que la sociedad viva supeditada a las necesidades de dicho mercado; las cuales no buscan el necesario desarrollo social, cultural y libertario de las personas que la componen, no beneficiándose la inmensa mayoría de dichas dinámicas mercantiles, sino padeciéndolas. Unas industrias culturales integradas en una economía cultural que no cuestiona el modelo mercantil del que participa, no hacen sino perpetuar dicho modelo a través de una transmisión cultural cuyo objeto es el beneficio económico, lo cual condicionará indefectiblemente tanto el modelo de oferta cultural como el tipo de contenidos ofrecidos. Una economía cultural basada, dado el modelo capitalista en el que se insertan, en la oferta y la demanda, no podrá arriesgar en propuestas culturales que pongan en cuestión la plusvalía que deviene de las dinámicas del mercado capitalista. Las industrias culturales integradas en dicha economía impulsarían una oferta cultural basada en la ocupación del tiempo libre que las clases trabajadoras disfrutan, tiempo libre que se inserta dentro del esquema laboral capitalista, según el cual el tiempo de asueto no es más que el tiempo necesario para poder seguir produciendo; por lo cual dicha idea de tiempo libre no es tal desde el momento que forma parte de la cadena de producción capitalista. La oferta cultural desarrollada en dicho tiempo no podrá poner en cuestión, aunque pueda pretenderlo formalmente, esa relación laboral-social, ya que estará inserta en una idea ocupacional del tiempo libre, complementaria al tiempo de ocupación laboral.

La izquierda y la cultura
            Ante este modelo de desarrollo cultural la izquierda debería impulsar otro no basado en la idea de una economía cultural que nos viene dada por el modelo económico en el que vivimos, sino inspirado por otro tipo de pensamientos que huyan del concepto economicista de la cultura así como de la idea de un tiempo libre meramente ocupacional relacionado con el tiempo de trabajo asalariado. Y es importante que lo haga no solo por la importancia que tiene a la hora de pensar una sociedad organizada en base a otros valores, sino también por la responsabilidad que tiene cuando gestiona instituciones en las cuales la cultura se provee de importantes recursos económicos y estructurales, tratando de impulsar la estructuración social a través de los mismos. Una izquierda que se considere transformadora, revolucionaria si se quiere, no puede pasar por esta cuestión sin plantearse las bases en las que se sustentan sus políticas culturales, así como su praxis, no solo a la hora de gestionar distintas instituciones, sino en su política general. Una izquierda que trabaje por una sociedad más justa, igualitaria y liberadora, no puede dejar en manos de las leyes del mercado las condiciones económicas y laborales de los trabajadores de la cultura, más bien al contrario, del mismo modo que en otros sectores sociales, debería bregar para que los creadores puedan trabajar en condiciones dignas, ya que el fruto de su creatividad es lo que posibilita, además de otros dinamizadores, que la cultura exista. No puede haber literatura sin escritoras, ni teatro sin dramaturgos, actores, técnicos… La danza no existiría sin personas dedicadas a ella, ni música sin músicos. Del mismo modo debería preocuparse por facilitar a los activistas culturales poder llevar a cabo sus proyectos sin que las burocracias los ahoguen. Debe impulsar y promocionar en la sociedad la importancia de la cultura como un bien social, tal y como lo son la educación o la sanidad, en contraposición a las ideas y dinámicas crematísticas; trabajando para que la sociedad en la que vivimos dé importancia al saber, al pensamiento crítico, al desarrollo intelectual y a los procesos creativos como riquezas en si mismas, no cuantificadas en monedas, sino en bienestar social.
            Una izquierda que se considere transformadora, que trabaje sinceramente por el cambio social, tiene que reflexionar seria y profundamente sobre las políticas culturales a impulsar tanto desde las instituciones en las que trabaja como fuera de ellas. El enriquecimiento cultural de los miembros que componen dicha izquierda, así como de la sociedad en general son indispensables para el cambio social; el impulso del activismo cultural ha de ser una de las tareas de la izquierda para no dejar en manos exclusivamente de las instituciones y los agentes económicos una de las bases que cohesionan la sociedad. Las políticas culturales impulsadas por las instituciones tienen que complementarse con las dinámicas populares que se desarrollan fuera de ellas, prevaleciendo el interés público frente a los intereses económicos. Una izquierda que se precie de serlo, debe reconocerse en una cultura no consumista, que huya del concepto de mero entretenimiento al que es abocada sin piedad. Una economía cultural basada en un concepto capitalista de relaciones económicas nos lleva, paradójicamente, a una aculturación de la sociedad, relegándola a un imaginario filtrado por los intereses del mercado, más interesado en su propia existencia que un verdadero desarrollo cultural y social de las personas.

            Quizás la cuestión hoy en día no es tanto devanarse los sesos en tratar de definir la cultura, cuestión interesante en sí misma, sino reflexionar sobre la ideología en la que se sustentan las actuales políticas y dinámicas culturales; identificar los intereses a los que sirven; impulsar dinámicas y políticas que sirvan a las personas que componemos la sociedad, que tengan como base potenciar los impulsos creadores, intelectuales y liberadores de las personas; que defiendan a los creadores y creadoras ante el mercado, establezcan la cultura como un bien social a defender y divulgar, alejadas del concepto de un sistema ocupacional del tiempo libre. En definitiva, entender la cultura como un bien que nos enriquece como personas y no como un nicho de mercado.

terça-feira, janeiro 17, 2017

Mujeres

La idea para una sesión de cuentos te atrapa por sorpresa muchas veces. Aunque seguramente ya hay alguna idea anterior que ronda en la cabeza, no encuentra el camino deseado. Así andaba yo hace bastantes años. Todavía neófito en este mundo de la narración oral andaba sin saber muy bien por dónde encaminar las ideas ni cómo expresarlas; queriendo huir de estereotipos, queriendo traer a la narración mis reflexiones y preocupaciones. Y todavía así continuo. Tenía entonces una confusión de ideas sin poder darles salida ni concretarlas en una sesión narrativa. Teniendo todo eso cociéndose en la cabeza, llegó a mis manos el recién publicado libro de Angela Carter, Caperucitas cenicientas y marisabidillas, una recopilación de cuentos tradicionales de culturas de todo el mundo donde las protagonistas eran mujeres. Una recopilación maravillosa.  Fue comenzar a leerlo y encenderse la bombilla. El espectáculo giraría en torno a la aparición de mujeres en los cuentos tradicionales (copiando siempre, como todo narrador que se precie). Me atraía la idea de reflexionar sobre la cuestión a través de la narración de esas historias. Comenzando con el mencionado libro e indagando por otras muchas recopilaciones pude, al fín, presentar el que sería mi segundo espectáculo de narración oral, Carne de lengua.
Con el comienzo del año una mujer ha sido asesinada por un hombre. Otra más. Una suerte de genocidio no reconocido. ¿Cuándo comenzó? ¿En qué momento de la historia? En todas las culturas del mundo hay cuentos en los que aparece el tema: mujeres asesinadas, violadas, comidas… ¿Es posible hacer un espectáculo de narración con esto? ¿Es legítimo? Es una idea que hace tiempo ronda en mi cabeza. Ha llegado a mis manos Cuentos de hadas la última edición en castellano de la recopilación de cuentos de Angela Carter, con los cuentos de la anterior edición y algunos más. Hay mucho para contar.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

terça-feira, janeiro 10, 2017

Mendigos

Hace unos días un amigo comentaba la cantidad de mendigos que se veían en las calles del pueblo, y al mismo tiempo mostraba su preocupación por si habría algún tipo de política de ayudas para con estos pobres. Recordé entonces, que cuando leía en la adolescencia El Buscón de Quevedo o El Lazarillo de Tormes, me llamaba la atención la cantidad de mendigos que aparecían, como una representación de tiempos lejanos. El franquismo también tuvo en cuenta a los pobres y en la década de los 50 lanzó la campaña “ Por Navidad pon un pobre en tu mesa”, de manera que los ricos practicasen y mostrasen su caridad en fechas tan señaladas. Berlanga dirigió una película genial con el tema: “Plácido”. Felizmente yo no conocía esa situación, aún siendo de un barrio obrero azotado por la crisis. La idea de pobreza no era la de miseria, podría decirse que la pobreza vendría dada por la escasez en comparación con la abundancia de los ricos. Los mendigos se me mostraban como algo del mundo literario.

En los cuentos tradicionales los mendigos, los pobres, los marginales son personajes habituales, que viven mil peripecias para escapar de su situación. Los pobres son los protagonistas y la solidaridad les acompaña en sus aventuras. La anciana mendiga ayudará a la protagonista a tornar su suerte, en pago a su generosidad. En la vida de los nadie no hay caridad, sino solidaridad, preocupación por el otro. Los pobres en los cuentos no se sientan en las mesas de los ricos para limpiar las conciencias de ellos, sino que toman la mesa. El narrador, la narradora transmitirá su voz.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

quinta-feira, outubro 27, 2016

FO

Es una discusión recurrente entre narradores. ¿La narración oral es literatura o teatro? ¿Es, quizás, una mezcla de los dos? ¿O, simplemente, es una actividad creativa con personalidad propia? Como ocurre muchas veces, tal discusión es lo más parecido a un remolino sin salida. Yo, si queréis saberlo, considero a la narración oral como un arte escénico, con una identidad propia, aunque tenga influencia de la literatura, pero, sobre todo, con una gran relación con el teatro. La narración oral es una actividad artística que ocurre en directo, una vez escenificada no volverá a representarse del mismo modo, tal y como ocurre en el teatro. La comunicación corporal, los movimientos, los gestos, la voz..., en muchas ocasiones tienen más fuerza que la palabra misma, siendo el cuerpo quien dirigirá la palabra. En opinión de muchos, ocurre al contrario. Y de esta manera, entramos una vez más en el remolino.
Pero al ver a Dario Fo en escena, presentando alguno de los monólogos del Misterio Buffo, me aferro más a mi idea. El narrador en escena, contando un relato maravilloso, los personajes en danza, construyéndolos en el aire. No necesitas entender el italiano para seguir la narración, para reir con ella, para encandilarte. Es el bufón, narrador y actor en el mismo cuerpo.
Mucho tenemos que aprender los narradores del bufón, de Darío Fo. Contar una historia nomes solamente ensalzar la belleza de la palabra dicha. Contar historias es danzar el cuerpo, haciendo uno la voz, los gestos, los movimientos. Demostrar que el mundo se puede cambiar.

sexta-feira, agosto 26, 2016

SALUDADORES

Si eres el séptimo hermano de siete, sin mujeres entre medio, y tienes encima o debajo de la lengua la marca de una cruz, tendrás el don de ser saludador. Los saludadores tenían la gracia de curar la rabia. El investigador de la oralidad, el vasco Jabier Kalzagorta nos llama la atención sobre estos personajes. La guipuzcoana Mikela Elizegi nos describe en sus memorias a un saludador que conoció en 1876, en su pueblo de Asteasu, en Gipuzkoa: “Era de Albiztur [un pueblo cercano al suyo], un hombre muy pequeño. Vestía con una blusa azul (…). Y algunos tienen una cruz encima de la lengua y otros debajo. Aquel la tenía encima”. Para curar el mordisco de un perro rabioso introducía en su boca aceite hirviendo y luego lamía con su lengua la herida. La RAE define a los saludadores como embaucadores, que decían curar la rabia con el aliento, la saliva y con ciertos conjuros. Mira por donde, la curación por la boca y las palabras.

Últimamente se está extendiendo la opinión de la capacidad sanadora de la narración. Más que saludadores, los cuentos son sanadores. Los narradores sanadores del alma. Quizás, saludadores de la rabia que contagia la vida. A decir verdad, no llego a comprender esa exaltación de la capacidad sanadora de los cuentos. La palabra nos cura, dicen; pero también nos enrabia. El narrador no es curandero, ni sanador ni pseudo-médico. El narrador es una persona que ofrece ante el público una propuesta artística. No se introduce aceite hirviendo en la boca para lamer heridas; no tiene una cruz en la lengua. Pero, quizás, se pueda imaginar una interesante narración con la vida de aquel saludador de Albiztur.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

quinta-feira, agosto 11, 2016

DE DONDE


Una vez encontré una curiosa noticia en algún diario. Un hombre era condenado por mantener relaciones sexuales con un sofá. Si no recuerdo mal la condena era de cinco meses de prisión. La noticia explicaba que un policía fuera de servicio vio cómo un hombre mantenía relaciones sexuales con un sofá al borde de la carretera; inmediatamente paró y lo detuvo. En otro diario leí otra noticia igual de curiosa. Un joven era detenido tras atracar un banco a cara descubierta. La policía pudo comprobar su identidad al visionar los videos, lo cual extrañó al joven ya que decía que eso no era posible al haberse rociado la cara con zumo de limón lo cual le volvía invisible. Los respectivos juicios no tendrían ningún desperdicio. Hay otros relatos curiosos que nos llegan por boca de distintas personas. Nuestro padre cuenta que hace tiempo, cuando alguien moría en Pasajes de San Juan, pueblo de la costa gipuzkoana, tenían que traer el ataúd de Pasajes Antxo, al otro lado de la bahía. De ello se encargaba un hombre que había sido guardia civil. Cuando era necesario cargaba en su chalupa el ataúd y cruzaba a remo de una orilla a otra con su carga fúnebre. Me parece una metáfora increíble. Un guardia civil llevando cargado en su barca un ataúd. Un Creonte moderno atravesando lentamente, en lugar del rio Estigia, .la bahía de Pasaia, anunciando la muerte.

Muchas veces me preguntan de dónde saco las historias, y entonces cuento estas curiosidades. La vida está conformada por historias increíbles. Tener las orejas y los ojos abiertos es una necesaria obligación del narrador.

quinta-feira, maio 05, 2016

KALAKARI

         En Euskara a la pequeña tablilla que hay en el molino harinero, a la cítola o tarabilla, se le llama kalaka, onomatopeya del ruido que hace: kala-kala-kala. Cuando está en marcha, el molino repite sin cesar: kala-kala-kala. Con ese interminable kala-kala-kala habla el molino. Kalaka se refiere asimismo al infinito desparrame de palabras que se extiende hasta sacar de sus casillas a quien lo sufre. Y kalakari es la persona que lo produce. El kalakari no tiene compasión con el de al lado, su verborrea le entra por la oreja al cuitado que tiene enfrente hasta reventarle el cerebro. Como ese interminable y exasperante kala-kala-kala del molino. Mas el del molino se puede parar cortando el curso del agua y dando fin a ese interminable traqueteo de la cítora. ¿Cómo parar, en cambio, la palabrería del kalakari? Da la impresión que en esa lengua carnosa que hace la función de la tablilla del molino, acoge todos los diccionarios habidos y por haber. Grandes debates se forman sobre si el kalakari respira al hablar. Quizás emplea la técnica de la respiración continua que se utiliza al tocar algunos instrumentos de viento, como la alboka, la que sigue sonando mientras el músico respira. No hay tema sobre el que no opine convencido el kalakari y conoce, además, los sucedidos más curiosos. De la boca del kalakari surgen las palabras a velocidad punta, batiendo records. El kalakari sale de la misma horma que el kalanbriatsu y el kalapitalari. Es, al mismo tiempo, solidario con el tarabilla, versión castellana de la misma tablilla molinera, ese personaje que habla mucho y apriesa sin orden ni concierto. Cuando el tarabilla se junta con los tres vascos, estén donde estén, montan una kalamatika de la de dios es cristo.

         Es un gran riesgo para el narrador transformarse en kalakari, en tarabilla. Perdido en una borrachera de palabras, olvidando la razón de contar, puede convertirse en náufrago en el mar de la narración. Perdido el rumbo, mareado en el balanceo de las palabras, los cuentos golpearán como olas su embarcación maltratada, y el último lo hundirá. No sabiendo por qué ni para qué cuenta, del narrador solo se oirá: kala-kala-kala.

segunda-feira, maio 02, 2016

BERRITSU

            La palabra vasca berria podemos traducir al castellano como nueva-o y también noticia. De ahí deriva la palabra berritsu que podríamos traducirlo literalmente como "quien trae muchas nuevas, noticias", es decir, como hablador, aunque en el sentido de charlatán, es decir, hablador en demasía. A los niños que no paran de hablar y contar cosas se les suele llamar berritsu, de una manera simpática, casi tierna. Nos hace gracia oír a un niño, a una niña pequeña hablar sin parar. De todas maneras, ese infantil zambullirse en el idioma y en la necesidad de decir nos puede llevar de la sonrisa a la desesperación, sin saber cuándo callará. Entre adultos, en cambio, ese contar sin fin no parece tan simpático. El berritsu puede ser también un indiscreto, que nos calienta la oreja con cosas que nos importan un pito, hasta quemarla a veces. Berritsu es aquella persona que nos trae noticias sin parar, periodista hablador de mil sucedidos. Deportista de élite en palabrear. El berritsu continuará con su infinito decir aún en medio del concierto punk más atronador. Por mucho que la profesora intente acallarlo, el niño berritsu continuará hablando entre dientes. Berritsu es un gimnasta del idioma, élite del periodismo, cumbre inalcanzable de filólogos, competencia del murmullo acuático, promotor perseverante de la venta de aspirinas.

            ¿No seremos los narradores orales la intelectualidad de los berritsu? Más de una vez me han solido preguntar, después de una sesión de narración, extrañados, cómo podemos estar hora y media hablando sin parar. “Entrenando con los amigos”, suelo contestar medio en broma. Puede que los narradores seamos los berritsu del arte de la oralidad. De todas maneras, exige mucho trabajo atrapar de una manera artística al público en las garras de la narración, sin caer en la charlatanería, transitando en la cuerda floja de la charla.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

KONTAKATILU

         Desde la mañana temprano el bar Paraíso era un ir y venir de gente. Los trabajadores y trabajadoras del cercano mercado, clientes del mismo, los que iban a uno u otro trabajo, o quienes, levantándose temprano, iban a otro tipo de quehaceres, se tomaban su tiempo para desayunar. O, simplemente, tomar un café. Al acercarse a la barra y pedir un café con leche, el viejo Patxi siempre tenía la misma pregunta: ¿En vaso o en taza?. La costumbre o las ganas del momento encaminaban la respuesta. El vaso o la taza marcaban el comienzo del día, los acontecimientos del día se recogerían en uno u otro recipiente, las anécdotas matutinas… ¡Cuántas historias se recogerían en aquellas tazas! Un recipiente de historias. En idioma vasco existe una palabra que recoge los dos términos: Kontakatilu. Podríamos traducirlo como taza de historias; pero en realidad no se refiere a un objeto, sino a una persona, es decir, a una persona que es una taza de historias, de relatos; una persona que cuenta, una taza que cuenta.

         El idioma es juego, juego de significados. Las palabras, como en la danza, se juntan, se separan, se vuelven a juntar, saltan, giran, juntas, agarradas. Cada una aporta su significado, creando otro al unirse. En constante evolución, en un viaje creativo. Kontakatilu, tiene en su interior el contar y el recipiente; sin embargo, siendo dos son una palabra. El o la kontakatilu guarda en su interior innumerables historias para contar y, como un mago, las hace aparecer por aquí y por allá, una anécdota, un relato, una experiencia, un cuento,… El kontakatilu nos hace vivir con el ilusionismo del decir. Pero hay que tener cuidado, ya que el exceso nos puede llevar a otro de los significados de la palabra, el de delator, el de chascarrillero, maledicente; el de hablador de palabras vacías. Entonces, el café con leche en vez de en una elegante taza, lo tomaremos en un vaso vulgar y corriente.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

sexta-feira, março 18, 2016

¿POR QUÉ?

            Hace poco concluyó en Bilbao el Festival de narración oral Istorio Biziak/Cuentos Encadenados. Este año celebraban la tercera edición con espectáculos tanto para adultos como para niños, además de complementar distintas expresiones de oralidad como la narración oral y el bertsolarismo. Nada más acabar el evento de Bilbao comenzaba en las localidades gipuzkoanas de Ordizia y Tolosa el festival internacional de oralidad Ahoz-Aho, llegando a su novena edición. Dentro de la programación se incluye desde hace cuatro ediciones el único concurso de Narración Oral de Cuentos. Tanto en un festival como en el otro participan narradoras y narradores punteros de Euskal Herria así como otros venidos de fuera de nuestras fronteras, todos ellos y ellas con un reconocido oficio dentro de la narración oral. Junto a ellos, se tiene en cuenta un espacio para aquellos y aquellas que comienzan en este oficio, algo importante para hacer, lo que en términos deportivos se conoce como cantera. Dos festivales interesantes y necesarios para conocer la actualidad de la narración oral, tanto vasca como foránea. ¿Por qué entonces el escaso interés de los medios, salvo en crónicas locales? ¿Por qué la narración oral no tiene el sitio que se merece en las noticias culturales?
            Quizás sea por la imagen que social y periodísticamente se tiene de la narración oral como un bonito pasatiempo infantil. Y algo así, un mero pasatiempo, no da para una noticia interesante, parece ser. Algo tendrá que ver, también, la ignorancia que se tiene  sobre la importancia de la narración oral como fenómeno cultural, por lo que no puede visualizarse en su dimensión cultural y creadora. Por ello, quizás, nos siguen preguntando en la entrevistas: “¿Los cuentos no son solo para niños, verdad?”

Artículo publicado originalmente en euskara en el diario GARA

segunda-feira, fevereiro 29, 2016

La madre

            Conocía el cuento de Kukubiltxo de las recopilaciones de Jose Miguel de Barandiaran. Un día hablando con mi madre sobre cuentos me contó uno que les contaba mi abuela de Azkoitia y que de pequeña le gustaba mucho, el cuento de Kukubiltxo. Me quedé sorprendido, ya que canciones le había oído muchas pero cuentos ninguno. La versión editada por Barandiarán la recogió Pedro Sodupe en 1920, en Azkoitia, precisamente la que mi abuela llevó en sus labios hasta Errenteria, donde crió su familia. Pero tuvieron que pasar muchos años para que yo la oyese de boca de mi madre. La cadena, felizmente, no se rompió del todo.
            Con ocasión del día internacional de la Lengua Materna, el PEN Club vasco organizó entre otras actividades la proyección del documental producido por l ONG Garabide, “Beltzean Mintzo” (Hablando en negro), donde se recogen reflexiones de miembros de distintas comunidades indígenas de América, en torno a los esfuerzos por revitalizar sus idiomas. Hablaban de que la transmisión de la lengua no era solo enseñar las palabras, sino transmitir un mundo, que todo estaba relacionado. Las palabras de aquellos y aquellas kitxuas, aimaras y demás compañeros, se me hicieron muy cercanas, reconociéndome en ellas. El riesgo de perder sus idiomas, la ruptura de las cadenas de transmisión y otros problemas, no parecían venir del otro lado del océano, sino que resonaban demasiado cerca. Nuestros pueblos e idiomas, marginados, empequeñecidos, maltratados, menospreciados, se alzaban en una misma voz a lo largo del documental; el océano no nos separaba sino que nos unía en una solidaridad cultural e idiomática. El valor de la transmisión, su defensa hablaba en lenguas diferentes pero con un espíritu común. Kitxuas, aimaras, amazings, vascos, bretones, gallegos, occitanos…, en defensa de sus idiomas, sus culturas, para que el mundo no sea un lugar monocolor, para que la globalización cultural e idiomática no destruya legados que la humanidad ha ido forjando a lo largo de su existencia.

            Cuando contamos cuentos en los idiomas minorizados que hemos recibido en casa, no son solo palabras las que traemos, sino la continuación de un largo camino que viene de antaño. Para que Kukubiltxo no se pierda.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

sábado, outubro 31, 2015

Noche Negra

         Hace tiempo, en las oscuras y viejas calles de Mutriku, los jóvenes asustaban a la gente con calabazas iluminadas. Las calabazas había que robarlas de los huertos, vaciarlas después y hacer una cara espantosa en ellas, para después introducir una vela dentro e iluminarlas. Por la noche solo había que esperar en una esquina a que pasase alguien para darle un susto de muerte. Solía ser en la noche de ánimas. Así se lo contaban los viejos a los jóvenes que trabajaban para la recuperación de dicha celebración. La calabazas iluminadas fueron su representación. Y a la fiesta la denominaron “Gaba Beltza”- La Noche Negra. Una fiesta memorable, con distintas actividades, todas en torno a la muerte. Trabajaron en las escuelas el tema, y niños y niñas recogieron testimonios en casa, al mismo tiempo que confeccionaban calabazas de distinto tipo, para exponerlas después en los escaparates del pueblo. De todas maneras, perdieron mucho tiempo explicando que aquello no era una tradición copiada y traída de Estados Unidos. Y la fiesta triunfó.

         ¿Cuántas veces no habremos ignorado y arrinconado celebraciones tradicionales, sustituyéndolas por unas, supuestamente, más modernas? Con el tiempo nuestro imaginario se enriquece, cambia, evoluciona, como es lógico; el problema viene cuando ese imaginario cambia en función de las leyes del mercado. Las calabazas ahora no son de la huerta, sino trozos de plástico que mercadean con nuestra imaginación. Para que entren en la noche oscura.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

sexta-feira, setembro 18, 2015

La estación de los abrazos

            Alguien les cuenta cuentos. Alrededor los niños y niñas le miran sumergidos en las historias. Más atrás algunos adultos atentos también. De vez en cuando algún niño pregunta o hace un comentario. Sucesos increíbles, aventuras maravillosas, anécdotas increíbles; acontecimientos que ocurren en territorios lejanos y desconocidos; personajes sorprendentes, monstruos pavorosos. ¿Qué no contará el narrador sentado a la vera de la vía férrea? La vía se pierde en el infinito de un paisaje interminable. Una multitud espera sentada en el camino de hierro. ¿Qué espera? ¿Quizás la llegada del tren? Espera en este lugar apartado donde no existe ni la estación, que realice una pequeña parada, encendida la esperanza. Mientras tanto escuchan e imaginan historias. La niña pregunta si ese esperado tren les llevará a esos lugares maravillosos que describen los cuentos. El narrador piensa unos segundos la respuesta, y cuenta una pequeña historia, donde los lugares deseados e imaginados los construye cada persona; pero, sobre todo, donde el cuento renace la esperanza en quien escucha, donde el tren no llega sino que se construye entre todos.
            La niña mira hacia la vía férrea interminable, coge la mano de quien tiene a su lado e imagina que allí, en la lejanía, hay una estación construida de brazos abiertos, esperando abrazar sus sueños.


Publicado originalmente en castellano en el diario GARA

quinta-feira, setembro 03, 2015

La cruzada de los niños de dios

Cuenta la leyenda que allá por el año 1212, 30.000 niños cruzaron Europa hacia el Mediterráneo para embarcarse a Jerusalem. Cuando llegaron a Marsella solo quedaban unos pocos miles, ya que el resto había muerto de hambre o abandonado la marcha. Quienes quedaron embarcaron en siete navíos. Cinco de ellos se hundieron a la altura de Cerdeña, los dos restantes se dirigieron a Alejandría donde los niños embarcados fueron vendidos como esclavos. Parece que en esta leyenda se basa el cuento El Flautista de Hamelin. Los historiadores nos cuentan que parece ser que si ocurrió algo así; pero que lo que está documentado es que hubo una migración intraeuropea de jóvenes y adultos desde Alemania. Estos eran campesinos empobrecidos y hambrientos en busca de nuevos lugares para vivir. La realidad no es tan épica. Cuando la historia se convierte en leyenda, ¿cuántas cosas se ocultan?
En estos tiempos miles de personas huyen del hambre y la guerra en busca de un futuro mejor. No hay fronteras impenetrables, a no ser la vida misma. ¿Cuál será la leyenda que se cuente dentro de unos siglos? El filósofo francés Bernard-Henry Levy ha comenzado a construirla. Según sus palabras, "(...) son candidatos a la libertad, enamorados de nuestra tierra prometida, de su modelo de sociedad, de sus valores, que claman Europa, Europa". Han comenzado a contar el nuevo cuento de El flautista de Hamelin. Ante eso, ¿qué historia contaremos nosotros?

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

segunda-feira, abril 20, 2015

Oro

         Ulau, el Gran Señor de los Tártaros, asaltó en 1255 la ciudad de Baudac, venciendo al Califa que la gobernaba. El Califa era tacaño y por no gastar su oro, plata y otros tesoros pagando a sus guerreros, perdió la ciudad. Ulau, asombrado y enojado con tamaña racanería, ordenó que encerrasen al Califa en su torre, rodeado de todo su oro, plata y tesoros, sin otro alimento y bebida que todos ellos, ya que tanto los amaba. Murió al cabo de cuatro días. Así se cuenta en “El libro de las Maravillas” de Marco Polo.
         Midas fue el rey de Frigia entre los siglos VII y VI a.c. Dionisio le dio la capacidad de convertir en oro todo lo que tocaba, por la buena recepción dada a Silenio. El problema vino cuando la comida también se convertía en oro al tocarla. Le pidió al dios que le quitase esa capacidad, lo cual consiguió bañándose en el rio Pactolo.
         Son estas historias de antaño, en las que se mezclan la realidad y la ficción. Los dos relatos tienen algunas coincidencias. ¿La historia que le contaron a Marco Polo, no se estaría basada en el relato del rey Midas? Hay que tener en cuenta que Midas reinó en uno territorios cercanos a Baudac/Bagdad, los cuales recorrió Marco Polo muchos siglos después.
         El narrador, la narradora tiene en sus relatos el libro de las cosas maravillosas. Mezclará la realidad y la ficción, convidando a quien escucha a un viaje maravilloso. Para que contemos el mundo.

quinta-feira, fevereiro 19, 2015

La primera palabra

         El escenario tiene 7 metros de anchos por 4 de fondo. Está vacío. Oscuro. Las luces de la sala descubren la vacuidad de la escena. El público espera en las butacas. En pocos minutos comenzará el espectáculo. El narrador mira entre cajas ese espacio vacío. Oye el rumor del público. Está calculando el lugar más adecuado para situarse en el escenario. Cuál será el recorrido que hará. ¿Cuántos pasos necesitará? Tendrá que ubicarse a la luz de las luces como previamente han decidido. Antes de la entrada del público ha estado repasando el recorrido para entrar al escenario. Ha imaginado el público en el teatro vacío. Ha imaginado cómo empezar. El teatro vacio le parece un libro en blanco. Y ahora, que el espectáculo está a punto de comenzar, ha repasado todo en su mente. Pero hay algo que le preocupa, ¿cuál será su primera palabra? ¿Comenzará con un simple saludo o utilizará una forma clásica para comenzar los cuentos? ¿Cuál será el momento preciso para pronunciar esa primera palabra? No puede precipitarse, pero tampoco puede perderse en un silencio incómodamente largo. Sabe que hay un momento preciso, un momento que se siente, concreto que, respirando y con naturalidad, deja salir la primera palabra. Esa palabra será acompañada por un gesto o un movimiento, o no. Esa primera palabra anunciará el espacio sonoro del narrador

         Se apagan las luces. Se silencia el murmullo. Se encienden las luces del escenario. Comienza el espectáculo. El narrador respira profundamente y se adentra en el espacio vacío. Le acompaña la primera palabra.

Publicado originalmente en euskara en el diario GARA

quarta-feira, dezembro 31, 2014

Los Mapas del Tiempo

            El tiempo mece a los hombres. Bajo las estrellas, bajo el sol, en la niebla. Las distancias oscilantes son idas y venidas de la vida en el horizonte interminable. Avanzan en la inexistencia de las horas. El cielo es un gran reloj para las miradas cansadas. En el viaje donde el tiempo y el espacio son uno, el futuro es el presente y el pasado el futuro. Y el tiempo se mece en la singladura de los hombres.
            Joxe Zabala no mira el reloj desde la borda, si no el cielo. Y las olas. Para saber dónde y cuándo está. Las olas golpean sin cesar la embarcación, como la aguja de un reloj. Cada ola es diferente, como diferente es cada segundo, que cuando pasa ya no regresará. Las estrellas son las agujas que marcan las horas. Y el espacio. Cuándo están. Dónde están. Joxe Zabala mira el tiempo desde la borda, y avanza junto con el navío.
            En la torre de la iglesia la campana golpeaba cada hora. En los campos no había reloj, pero al escuchar las doce campanadas, dejaban el trabajo y rezaban. El reloj marcaba el tiempo de Dios. El de la gente humana, en cambio, la naturaleza. El crecimiento de la hierba, el nacimiento de los corderos, la caída de las hojas. El amanecer, la mañana, el mediodía, la tarde, el anochecer, la noche. De la luna llena a la nueva. El viaje del sol. Las campanas del reloj de la torre, dibujaban un mapa diferente en el camino de la gente. Pero aquellos eran recuerdes de la infancia en la mente de Joxe Zabala. Ahora, desde la borda, los pensamientos navegan con los latidos de la mar. El viaje que hizo del monte hasta el mar, lo fue también en el tiempo. Como al atravesar la mar. En el océano no hay campanas que marquen las horas; no hay agujas girando en la vida de las personas. Las oraciones se escuchan con el mar embravecido, en silencio, cada cual para sí mismo, suplicando la ayuda de Dios. Un enfrentamiento entre la naturaleza y Dios. Los hombres agazapados en la embarcación son frágiles, pequeños, débiles. Solo les queda esperar a que acabe la batalla. Esperar.
            Hace tiempo que comenzó el viaje. El de la mar y el de la tierra. Hace tiempo que le vino la idea de componer el Mapa del Tiempo. Para poder viajar por el mundo. Así como hay mapas de la tierra compuestos de fronteras, caminos, líneas, direcciones, ¿por qué no crear un mapa del tiempo? La gente humana se ha criado y educado en geografías diferentes desde que surgió al mundo. Señaló bosques y desiertos; ciudades y países; caminos y fronteras, para poder situarse en el mundo, fortaleciendo su identidad. Señalo en un mapa de arcilla aquella primera ciudad de Nippur en Babilonia, el centro del mundo. Ptolomeo quería visualizar lo ancho del imperio. Fueron surgiendo los continentes. Se descubrió la extensión del mundo. Y se señalaron los territorios conquistados. La geografía física. Atravesó el hombre los océanos y dibujo cartas de navegación aterradoras, llenas de monstruos y peligros. Dibujó líneas imaginarias sobre las olas, para que no se perdiesen los navíos, para que ellos no se perdiesen del mundo. El ser humano se situó en geografías de tierra y agua. Se situó en su espacio. En el espacio.
            Y todos ellos recorrió Joxe Zabala. Las líneas invisibles, los territorios interminables. Con pasos polvorientos, arropado en el salitre. Y paso el tiempo en ello. Un tiempo largo. Del pasado. Del futuro. ¿Es, en cambio, el tiempo único?, se preguntó una vez. ¿Todos los tiempos del mundo son iguales? ¿Todos los relojes avanzan en el mismo camino? Tal y como las personas imaginaron su geografía, tal y como señalaron su lugar en el espacio del mundo, ¿por qué no situarse en el tiempo del mundo? Era una vieja idea. Crear el Mapa del Tiempo. Del este al oeste, del norte al sur, fue recogiendo las señales temporales de los lugares que conoció, cercanos y lejanos. Los papeles donde se recogían frases, refranes, historias, relatos, creencias llenaban los rincones de su casa, organizados por territorios. Recibió el año nuevo en Kurdistan, Palestina, China, el Rif, Oceanía, siempre en una época diferente. Vio salir el sol, mientras en otro lugar se escondía. Conoció lugares donde no había estaciones. Y reunió relojes. Relojes de todas clases que marcaban horas diferentes. Dibujó los que encontró en paredes, torres, columnas. Relojes grandes y pequeños. Relojes de una sola aguja y con múltiples. Relojes coloridos y relojes oscuros. Escucho las horas golpeadas por campanas y sirenas que las anunciaban. Vio a obreros que se dirigían a sus fábricas controlados por el tiempo de la producción. Y vio a quien, a la sombra de un árbol, esperaba que pasase el calor infernal. Los innumerables caminos del tiempo se desparramaban a los cuatro vientos en el desván de su casa. Después de tanto tiempo estaba preparado para acometer el trabajo. Era el momento de comenzar a crear el Mapa del tiempo. Pero, ¿cómo?¿Qué soporte necesitaría? Los mapas geográficos los hacían a escala, ¿qué escala necesita el tiempo? Si el tiempo es una creación humana, ¿se podrá representar en escalas diferentes?

            Transcurrieron meses entre papeles, imágenes y relojes. Horas diferentes golpeaban sin cesar en todo momento, recordando los distintos tiempos del mundo. Los pasos de las agujas iban al ritmo de sus latidos. Los segundos viajaban interminables dentro de su ser. El frio le recordó que el invierno había llegado. El año llegaba a su fin. La algarabía de la calle le anunciaba la nochevieja. Las campanas de la torre comenzaron a golpear las últimas horas. Sentía en todo su cuerpo cada golpe. Y con el último, imaginó el Mapa del Tiempo. El último lo envió al mundo.

Publicado en el suplemento dominical del diario GARA. Traducido del euskara.

sábado, dezembro 27, 2014

El color de los cuentos

         Una vez intenté encontrar el cuento donde apareciese el Príncipe Azul, quiero decir en qué versión tradicional, no en una de esas ediciones infantiles (en todos los sentidos). Fui a una recopilación, a otra; Grimm, Perrault, Afanasiev, Barandiaran, Joan amades, Azkue, Webster… Nada. Dude si había mirado bien, si algún cuento se ocultó. Pero nada, de nada, no conseguí encontrar al Príncipe Azul ese. Por supuesto que encontré muchos príncipes y princesas, reyes y reinas, campesinos miserables, brujas buenas y malas, jóvenes pobres, niños y niñas valientes y desgraciados, pero el Príncipe Azul… ¿Por cuál rendija se coló en los cuentos que nos ha dejado la tradición oral? ¿Y las Princesas Rosas? No he conseguido encontrarlos. Entonces, ¿quién decidió vestirles con esos colores?
         En las últimas semanas se a encendido la polémica porque una editorial vasca ha publicado dos tomos con cuentos tradicionales, uno azul para niños y otro rosa para niñas. La editorial ha decidido que no volverá a publicarlos, aunque llevaban tres años en el mercado con una buena aceptación. ¿Cuál ha sido el criterio de los editores para hacer esa diferencia? ¿Cuál la de los compradores para escogerlos?

         No creo que el único problema sean los colores, me parece algo más preocupante. Las leyes del mercado cultural si se basan en el consumo acrítico, si desaparece el pensamiento crítico, estaremos construyendo y manteniendo una sociedad débil, ignorante y dependiente de los mercados. Tenemos que ponernos gafas multicolores, pintarnos las orejas con el arco iris. Imponerle al mercado nuestras leyes. Los príncipes Azules y las Princesas Rosas no existen, os lo juro.

Publicado en euskara en el diario GARA

segunda-feira, outubro 06, 2014

Criticas

         En España, después del golpe de estado de 1981, se hicieron famosas unas cuantas expresiones, una de ellas esta: “Ni está, ni se le espera”. Aquellas expresiones, por supuesto conocidas anteriormente, pasaron a socializarse de una manera más extensa y a utilizarse en distintas situaciones, con reminiscencias de aquel hecho. Por ejemplo, en la ausencia de críticos en los espectáculos de narración oral, ni están ni se les esperan. ¿Por qué?
         La labor de los críticos ha sido, es y será criticada habitualmente entre las gentes de las artes escénicas y otros creadores; a veces con razón, otras muchas respondiendo a un ego dolido. Se suele decir que un crítico literario es un escritor frustrado, así como que uno de teatro es un actor o dramaturgo igualmente frustrado; por lo que dirigen sus frustraciones hacia los trabajos de los demás, hablando desde su torre de marfil. Es verdad que hay gente así, como también es verdad que hay muchos críticos que saben argumentar sus opiniones desde un conocimiento del tema, sin ser resabiados y con humildad, pero también con la necesaria crudeza a veces y responsabilidad; siendo estas opiniones valoradas por los creadores como aprendizaje en su trabajo. Al mismo tiempo ofrecen a los aficionados pautas y criterios para valorar y reflexionar sobre los trabajos creativos. Par los narradores y narradoras, en cambio, ni bien ni mal, nada. El vacío crítico más absoluto en los medios de comunicación. Los críticos de artes escénicas no aparecen en las sesiones de narración, ni para ponerlas a parir. La más absoluta indiferencia por parte de esos, por qué no, especialistas.
         Esto tendría que llevarnos al menos a dos reflexiones. Por una parte en referencia a los críticos, ¿qué es lo que hace que exista esta indiferencia?, ¿desconocimiento de esta oferta cultural?, ¿falta de interés? Pero por otra parte, en lo que nos toca, los narradores y narradoras también tenemos que reflexionar sobre ello. ¿Es solamente un error achacable a los críticos? ¿La imagen que ofrecemos de la narración oral, resulta interesante y atractiva para el mundo de las artes escénicas? ¿Dónde, cómo, con que objetivos presentamos nuestros espectáculos?

         Tenemos que reivindicar las críticas a los espectáculos de narración oral, pero al mismo tiempo tendremos que reflexionar sobre nuestras creaciones y ofertas artísticas. Y asumir las críticas que pueden venir.

Articulo publicado originalmente en euskara en el diario GARA