sábado, dezembro 03, 2011

Los viajes soñados


“¿Dónde está propiamente el que duerme?” Maria Zambrano


         Los sueños tienen su propio tiempo. Cuando dormimos el tiempo transcurre a otra velocidad, no más rápido, ni más lento, sino en el tiempo del sueño. Y en ese devenir todo es posible. Entraremos en otra dimensión de nosotros mismos; que nos trasportará fuera de nuestra cotidianeidad. Podremos ir al lugar más lejano y conversar con la persona más extraña. Viviremos momentos espantosos y gozosos. Andaremos de taberna en taberna por aquel pueblo, con esa amistad que no veos hace años, y cumpliremos con lo incumplido entonces. Y lloverá en un día soleado, y pasearemos por el Himalaya en bañador, con un mojito en la mano, bailando sala con los sherpas.  Y los relojes se derriten en los sueños, pues el tiempo es elástico en los sueños.
         “Entrar bajo el sueño es por tanto desprenderse, sin perderlas, de las envolturas temporales que caracterizan la vigilia, irse despojando de todo lo que a ellas corresponde”. La filósofa María Zambrano nos alecciona sobre la relación que se da en las personas entre el tiempo y el sueño. Nos habla de la conciencia del tiempo y su importancia en la vida humana. El dormir y la vigilia analizados desde esas percepciones temporales; investigando y reflexionando sobre la misma existencia humana condicionada por la temporalidad. La importancia del tiempo en nuestras vidas comienza en el momento mismo que tomamos conciencia de nuestra existencia; no en el tiempo que marca el reloj, sino en la división del día y la noche, de la luz y la oscuridad, tomados ellos dos como dos espacios. Y en esos dos espacios dividimos nuestra consciencia y nuestra inconsciencia. El soñar no es simplemente una acción, según Zambrano, es también un espacio, donde ocurren cosas que escapan a nuestro control, sin tiempo, o, si lo preferimos, fuera de un tiempo que no conocemos. Quizás por eso mismo soñemos despiertos. Ese espacio, ese acontecimiento que ocurre mientras dormimos, que escapa a nuestro control, deseamos repetirlo desde la consciencia. Rompemos entonces con nuestro tiempo cotidiano y queremos partir hacia otra realidad. Y soñamos lugares desconocidos, lejanos, viajes deseados y gentes extraordinarias. Situaciones gozosas, tranquilos atardeceres y fiestas con desconocidos. Imaginamos playas paradisíacas y montañas inexpugnables; selvas insondables y desiertos interminables. Y organizamos un viaje. El viaje de nuestros sueños. El viaje no será lo que está aconteciendo, sino lo imaginado con antelación y lo rememorado después. Entonces el viaje existirá en otro tiempo, no será presente, ni pasado ni futuro, sino que, como en los sueños, existirá en su propio tiempo; reflejará otra realidad, que no ocurre mas que en nosotros mismos y que, a menudo, existirá fuera de nuestra control consciente. El viaje será el lugar que nos ayuda a escapar de nuestra cotidianidad, de la rutina, del trabajo, de los problemas. A través del viaje imaginaremos otra vida, donde todo es posible, donde el tiempo será otro tiempo.
         Pero, al mismo tiempo, es necesario terminar el viaje, regresar, para así tomar consciencia de él, ya que sólo así existirá. Como en los sueños, donde es imprescindible despertar para poder tomar consciencia de ello. Necesitamos de estos dos espacios para tomar conciencia de nuestra existencia, ya que de no discernirlos se nos haría incomprensible esa  misma existencia. Pero, al mismo tiempo, necesitamos socializar esa experiencia, compartirla con el otro, fortaleciendo de este modo el recuerdo de aquello que queda fuera del tiempo y, al mismo tiempo, reafirmaremos su presencia. Y sentiremos el placer de viajar.
         Qué ocurre, en cambio, cuando para alguien el viajar se convierte en obligación, una obligación nada placentera. Cuando el sueño no es conocer territorios maravillosos, o culturas desconocidas. A quien el sueño del viaje se convierte en pesadilla, ¿deseará pasar a ese tiempo desde el cotidiano? Da la impresión que el viajar, conocer el mundo, los viajes aventura, los de placer o los alternativos, se hayan convertido en imprescindibles en nuestra sociedad occidental, norteña. Y quien no viaja no conoce los placeres de la vida. Pero para la mayoría de los viajeros que atraviesan el planeta, el viajar no es ningún placer, sino una condena. Y sus sueños quedaron en aquel lugar que dejaron atrás, o robados por las mareas marítimas, o en una espalda mojada. Quizás los que sueñan esos mundos maravillosos, sean los familiares y amigos que, en aquel lugar del mundo abandonado y lejano, esperan el relato de un viaje extraordinario.
         ¡Ay!, pero estos no son viajeros o aventureros sino emigrantes. Los viajeros son poseedores del tiempo de los sueños, los emigrantes, en cambio no tienen nada, ni derecho a soñar. Son despojados del tiempo de sus sueños. “…decir persona es decir libertad y disponibilidad de tiempo”, nos señala María Zambrano, por lo que al negarles ese tiempo, les negamos de esta manera la libertad. Soñar un mundo nuevo, es soñar un nuevo tiempo, donde todas las personas tengamos ese derecho, es decir, derecho a nuestros sueños y a nuestro tiempo. Viajar debería ser adentrarse en esos territorios, y acoger a los viajeros en nuestra casa en hacernos partícipes de sus sueños. Para entrar en un tiempo nuevo de la Historia.

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