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sábado, outubro 09, 2010

Erótica y narración oral tradicional

Como, seguramente, en otros muchos lugares, en un banco de la alameda de mi pueblo está escrito: “¡follar es guay!”. No podemos saber si quien ha escrito esta declaración de principios es mujer u hombre, pero podremos imaginar, cuando menos, que es una persona joven. Entre los descubrimientos de la prehistoria hechos en distintas cuevas, se encuentran pinturas que representan cuerpos femeninos. También se han encontrado figuras en piedra, marfil y hueso con el mismo motivo, es decir, la exaltación de la sexualidad femenina. Y qué decir de las representaciones pictóricas griegas y romanas. El dramaturgo griego Aristófanes imagina una huelga de sexo por parte de las mujeres en su obra “La asamblea de las mujeres”. En muchas fachadas de templos católicos podemos ver escenas “sugerentes. Y en algunos de la India exponen esculpidas en piedra escenas que hoy calificaríamos de pornográficas. Y podríamos seguir así hasta la exclamación de nuestro banco. La sexualidad, entendida como relación entre personas, ha sido tema de representaciones artísticas desde que la gente humana ha tenido conciencia de su propia existencia. Por supuesto, no es nuestra intención comparar artísticamente todas esas creaciones con la juvenil pintada del banco, pero lo que tienen en común es esa necesidad de exponer ante los demás su visión de la sexualidad. Cómo se expresa esa socialización será lo que las diferencia. El grafitti del banco no parece más que una simple exclamación, o, quizás, la necesidad de dar a conocer al mundo el reciente descubrimiento de la belleza de las relaciones sexuales. En los demás casos esa expresividad está acompañada por un planteamiento artístico. No es suficiente con mostrar cuerpos desnudos o relaciones sexuales, es, además, necesario mostrarlo a través de un proceso creativo. Y en la creatividad, la fantasía manda. De esa fantasía surgieron tantos y tantos mitos e historias para expresar las relaciones sexuales y, por qué no, comprenderlas.

Eros fue concebido en los festejos por el nacimiento de Afrodita. Penia, la diosa de la pobreza, fue la madre. Aunque fue invitada a la fiesta, se avergonzaba de su pobreza, quedándose en los jardines del Olimpo. Pensando cómo podría mejorar su situación se quedó dormida. Poros, el dios de la riqueza, se agarro tremenda borrachera y salió al jardín para airearse, quedándose dormido en un rincón, cerca de Penia. Percatándose del hecho, Penia se encontró ante una estupenda oportunidad para mejorar su situación. Se acercó a Poros y comenzó a jugar amorosamente, creyendo este que estaba en el mundo de los sueños. De esta unión surgió Eros. Al ser engendrado el día de Afrodita, estaba enamorado de la belleza. Siendo hijo de la pobreza y de la riqueza, vivió siempre pobre y al mismo tiempo rico, nunca satisfecho.[1]

Cada cultura ha mostrado a su manera las reflexiones, preguntas y actitudes sobre este tema. Los cuentos se convirtieron en un instrumento maravilloso para ello. Además de ser un camino de conocimiento, eran un estupendo pasatiempo, tomando en cuenta siempre las características de la sociedad en que surgían. Y se adentraban en la realidad a través de la fantasía. A través de estos relatos se transmitirán distintos modelos y visiones de la sexualidad, desarrollando en la comunidad una visión común o, por lo menos, parecida sobre dicha cuestión. En la nación ¡xun, al sur de Africa, se cuenta esta preciosa historia en torno a nuestra procedencia. Veamos aquí un pequeño resumen de ella.

En el principio de los tiempos, hombre y mujer no vivían juntos. Un día se encontraron y la mujer lo invitó a su casa. Allí le ofreció una raíz y al hombre le gustó la dulzura de aquel alimento. Después le convidó a tomar una bebida muy agradable, para que no dejase de pensar en ella. Y aquella noche le invitó a dormir con ella, pero nada más. Al día siguiente lo llevó hasta un árbol que crecía lejos. En aquel árbol había un agujero y la mujer le dijo al hombre que metiese su pene dentro. Y que se moviese después. La mujer lo abrazó por detrás y recogió al hombre en sus brazos cuando cayó agotado. Después le acompañó de nuevo a su casa, invitándole a dormir con ella, atados una contra el otro, con las caras una junto a la otra. Y la dulzura del hombre entró en la mujer, y la de la mujer en el hombre. Esta fue la primera vez. El hombre y la mujer vivieron juntos, en dulzura. Todos procedemos de ese hombre y de esa mujer.[2]

No sé cómo serán (o cómo fueron) las opiniones sobre las relaciones sexuales y cuales sus tabús entre los ¡xun, pero comparando este cuento con el de Adán y Eva que aprendimos de pequeños, yo les veo, por lo menos, alguna diferencia. En el cuento ¡ixun el ofrecimiento de los frutos por parte de la mujer se relaciona con la dulzura, en “nuestra” versión, en cambio, con el engaño y el castigo. En el cuento que comentamos sobre el comienzo de la humanidad, llegaremos al final y quizás estemos, por qué no, maravillados y, algo despistados, ya que no sabremos muy bien si estamos ante una narración erótica o mítica, o las dos cosas. Pero, ¿qué importa?, hemos escuchado una bella historia, eso es lo interesante. De todas maneras, nos haremos una inevitable pregunta, ¿qué nos quiere contar este cuento?, ¿el comienzo de las relaciones sexuales?; ¿cómo eran aquellas primeras relaciones entre hombres y mujeres?; ¿cómo tendrían que ser? La necesidad de encontrar una respuesta nos impulsara a una serie de reflexiones sobre nuestras propias relaciones y sobre cómo nos gustaría que fuesen. Lo importante será esa búsqueda, más que la respuesta misma. Mas si de verdad queremos disfrutar de la narración, tendremos que dejar a un lado los prejuicios. En ello tendrá que ver cómo es nuestra sociedad y cómo se desarrollan en ella las relaciones sexuales, así como la educación sexual y las diversas opiniones sobre el tema. Por ello, evidentemente, la narración del cuento que nos ocupa se recibirá de maneras diferentes en el pueblo ¡ixun y entre nosotros. Quizás no sorprenderá esta historia entre ellos y la verán como algo “normal”, parte de su cultura, del mismo modo que vemos nosotros la historia de Adán y Eva. En nuestro caso la imagen que tenemos sobre los cuentos populares y la narración de relaciones sexuales condicionará nuestra comprensión. Pero como la lectura, o escucha, no es única, todas las puertas están abiertas al entendimiento y la reflexión, teniendo cada persona la suya.

El erotismo en la narración oral tradicional

En todas las culturas del mundo aparecen relaciones sexuales en sus cuentos. Es lógico, siendo la sexualidad, entendida desde el punto de vista social, una de las características definitorias de las personas. Es normal, por lo tanto, que aparezca en las expresiones creadoras. En ocasiones, esas expresiones se darán explícitamente; en otras ocasiones relacionadas con el misterio de la vida, cómo el cuento con el que hemos abierto estas reflexiones (¿De dónde venimos?); pero en todas las ocasiones, mostrando cómo se dan las relaciones entre las personas o cómo tendrían que ser, de una manera directa o metafórica.

¿Se pueden definir, entonces, las narraciones populares que abordan las relaciones sexuales como cuentos eróticos? Soy de la opinión que el concepto del erotismo, tal y como lo entendemos en las sociedades modernas, es bastante nuevo. En la literatura transmitida oralmente las cuestiones del sexo aparecerán como tales, sin importar mucho si son eróticas o no. No creo que quien fuese a contar una historia comenzase: “Os voy a contar un cuento erótico”; por el contrario, me creo más que dijese algo así como: “Ahora sabréis lo que le ocurrió a fulano”, y al mismo tiempo, habría un gesto cómplice. Si, es verdad, esto es especular demasiado quizás, pero lo que queremos decir es que, más que para encender la líbido de los presentes, el narrador o narradora, contaría algo en torno a relaciones sexuales, o con el sexo. Y, como en todos los cuentos, llevaría consigo alguna enseñanza o reflexión; pero también, ocasión para la chanza y el divertimento.

Un auvernés [de la región de Auvernia], muy pobre, no tenía para alojar a su familia sino una habitación y una cama, en la que se acostaba junto a su mujer y sus dos hijos.

Una noche de carnaval, se coloca encima de su mujer, con tanto ardo,r que la cama tiembla sobre sus cuatro patas, tanto tembló, que el más pequeño de los hermanos cae al suelo.

Lo suben a la cama, y cuando el marido y la mujer creen que los hijos duermen, comienza de nuevo.

Entonces, el hermano mayor, que no dormía, despierta dulcemente a su hermano advirtiéndole:

-Agárrate pequeño! –le dice-; comienzan de nuevo!”[3]

Aunque esta historia, parece ser, ocurrió en Aquitania, seguramente podría haber ocurrido por estos lares; y con este sucedido, más que cuento fantástico, imaginaremos, aún sin proponérnoslo la magnitud de la fornicación que llevaban a cabo, y en qué condiciones. Seguramente, este cuento no casará con la imagen que nos hacemos de lo erótico; pero si imaginamos la situación sexual que se nos presenta, si visualizamos lo que está ocurriendo en ese tórrido catre, lo percibiremos de otra manera y comenzaremos a jugar con la fantasía, sin necesidad de definiciones. Es, con todo ello, imprescindible imaginar el entorno en que se desarrollan estas historias.

El erotismo no es una figura de una sola cara. Cada cultura construye su propio imaginario, y lo que para algunos puede ser una tontería, para otros, en cambio, es algo increíblemente atractivo. Y aún así, todas las personas pertenecerán al mismo prisma. Cuentan en el Amazonas una historia. Un hombre tenía un pene descomunal. Para ir detrás de las chicas no necesitaba siquiera moverse de su hamaca, ya que ese largo pene les perseguía cuando se bañaban en el rio, y por debajo de la tierra cuando trataban de escapar. Pero el fragmento de la historia más sugerente es cuando la mujer indígena que cuenta la historia la finaliza diciendo:

“¡Ay, si Tampot viviera entre nosotros, vosotras bellas mujeres que estáis escuchando, con esas curvas tan del gusto de Tampot, tan regordetas como le gustaban a él, no os dejaría en paz ni un segundo, tendríais que hacer el amor sin descanso. Os vigilaría con su gran ojo, os acariciaría los labios, hasta que excitadas, los abrieseis en una gran sonrisa…”[4]

¿Podemos hablar, entonces, de erotismo ante estas narraciones? Para ello tendríamos que definir lo más fielmente posible el erotismo; pero, ¿podríamos definirlos así sin saber a ciencia cierta la razón de la existencia de estas narraciones? ¿El concepto de erotismo que conocemos no habrá surgido en otros espacios dentro de nuestra moderna sociedad? ¿No vendrá, en cuanto a narración nos referimos, de una clasificación literaria? Me da la impresión de que esa necesidad de clasificación, no es tan importante en la tradición de la narración oral; porque, ¿qué busca una narración erótica, encender las bajas pasiones de quienes escuchan o leen? ¿Qué diferencia podemos encontrar entre un escritor que decide escribir una narración erótica y contar un cuento de tradición oral en el que se menciona una relación u atracción sexual? No me atrevería a dar una respuesta categórica, pero tengo la impresión de que no se diferencian gran cosa. En mi parecer, lo que las une es la intencionalidad; el contar un relato donde los juegos, las relaciones y las reflexiones en torno al sexo aparecen directa o solapadamente. Lo que nosotros podemos llamar cuentos eróticos, en la tradición popular muchas veces se denominan cuentos para mayores; aunque en algunas culturas este tipo de narraciones también tienen como oyentes a los niños.

En torno a este tema, una de las diferencias más señaladas que aparecería entre la literatura escrita y la oral, sería la percepción sobre lo erótico. La literatura escrita suele ser creación de un escritor, esto es, una persona que, utilizando su imaginación y técnicas literarias, crea un relato. En la tradición oral no hay autor, o no hay un solo autor; se puede decir que cada narrador es al mismo tiempo creador del relato cada vez que lo cuenta; y así, del mismo modo, ese relato crece y se desarrolla. En el primer caso, el erotismo aparece desde un punto de vista individual, en el segundo, por el contrario, desde un punto de vista comunitario, aunque sea un narrador o narradora, desde su propia visión del relato, quien ofrezca la historia.; tal y como nos señala Peter Burke: “El individuo- desde luego-podía inventar, pero en una cultura oral, como ha insistido Cecile Sharp, era “la comunidad la que seleccionaba”. Si un individuo producía innovaciones o transformaciones que coincidían con los gustos de la comunidad, serían imitadas y pasarían a engrosar el stock común de la tradición”[5]. De esta forma, se desarrolla, al mismo tiempo, una transmisión cultural y social, siendo la narración del relato instrumento para ello. Unas veces se mostrará como una suerte de educación sexual, otras como instrumento de transgresión, criticando a quienes imponen unas normas de actuación moral, utilizando, multitud de veces, el humor en la crítica.

Un ateo, que asiste a un entierro religioso, se presenta, como los demás asistentes, a la ofrenda; deposita una moneda en el plato que le alarga el monaguillo, pero le dice al cura, que le ofrece el crucifijo:

-Yo pago, pero no beso.

-Pues yo- le responde dulcemente el cura-, beso pero no pago..[6]

Al escuchar este sucedido, quizás haya quien no lo entienda, pero claro, antes tiene que haber entre el narrador y el receptor una complicidad, es decir, el narrador conoce a su público y sus códigos relacionales, y, al mismo tiempo, quien escucha reconoce al narrador como parte de su comunidad, sea esta del tamaño o características que fuese. Conociendo los códigos se podrá jugar con ellos, con la crítica o la transmisión. Al analizar la cultura popular de la Edad Media, Mijail Bajtin nos avisa: “El hablante es solidario con el público, no se opone a él ni trata de aleccionarlo, no lo acusa ni lo asusta, sino que se ríe con él”[7] Sólo de esta manera podremos comprender, que al narrar historias sobre las tan controvertidas e íntimas costumbres sexuales entre las personas, entren dentro del mencionado stock comunitario. Y se verá la imaginación como el camino más rico para conjurar la realidad. Imaginación y juego, he aquí dos ejes maravillosos, como en los cuentos, de las relaciones sexuales.

Imaginario erótico, juego enriquecedor

Así como la imaginación es un juego, lo es también el erotismo. Y la creación. Es en ese terreno cuando cobra interés. Los relatos que hemos recibido de la tradición (o, quizás, deberíamos decir de las tradiciones), son juegos. Juegan con los intereses y las inquietudes que encienden en nosotros las relaciones sexuales, y ese juego se propone a través de la creatividad; exigiendo, del mismo modo, por parte de quien escucha una atención intelectual. Ese proceso creativo, así mismo, necesitará de una estructura narrativa; basándose esa estructura, ya que estamos refiriéndonos a tradición oral, en acciones, más que en descripciones, en beneficio de la ligereza, como nos recordaba Italo Calvino[8] Después de todo, la idea que podamos tener sobre el erotismo y las situaciones que aparecen en las narraciones tradicionales no están tan alejadas. La salud de las relaciones sexuales, como se ha indicado, la encontraremos en la imaginación y en el juego. Tal y como en los cuentos tradicionales la atracción mutua, la excitación, la fascinación, la ternura, son componentes inherentes a ellos, no lo son menos en los juegos amorosos, cuando se dan en libertad, por supuesto. El narrador o la narradora, jugaran con los ritmos en la narración, buscarán una musicalidad en el habla, sugiriendo al a que público haga suyo ese mundo imaginario que se le ofrece, recreando, al mismo tiempo, sus propios mundos imaginarios. Como la mujer en el cuento ¡xun del principio le propuso al hombre, del mismo modo el narrador propondrá al público: Ven, tengo algo interesante para ti. Quédate en mi casa, duerme conmigo, y compartiremos los sueños.

Mas para que eso ocurra, tendremos que abandonar los prejuicios, los tabús, las ideas fijas, la ortodoxia, y liberar el entendimiento, creer que todo es posible y abandonar el papel de juez. Nadie te pedirá que estés de acuerdo, pero tampoco en contra, por el contrario, te invitarán a entrar en el cuento y vivir dentro de él, indagando en la vida, con sus luces y sus sombras. Así como las relaciones sexuales sin libertad se frustran, del mismo modo los relatos necesitan libertad. Si queremos contar un cuento erótico, necesitaremos jugar los dos, el narrador y el público. La tradición narrativa oral es una camino de aprendizaje para trabajar la narrativa actual, tanto oral como escrita. Los cuentos eróticos no son un invento de hoy en día, ya que, como en los viejos tiempos, giran en torno a los mismos ejes. El trabajo creativo actual tiene mucho que aprender de ese mundo creativo; no, por favor, para hacer una embelesada réplica, sino, para imaginar el lado fantástico y maravilloso de las relaciones humanas, gozando con una fantasía juguetona. Y, en esto, los tiempos no han cambiado tanto.

Una vez una amiga me contó una historia maravillosa, para que yo la contase. Era un relato tradicional africano que lo había leído en un libro. El cuento, como muchos otros, responde a una pregunta básica. Escuchadlo (mientras lo leéis), como yo lo recuerdo, si de verdad queréis saber enseñanzas verdaderamente importantes, y no sois unas personas que ignoran los sucesos tan maravillosos que ocurren en el mundo. La historia comienza con una pregunta:

¿Por qué el pene entra en la vagina y los testículos no?

Hace mucho tiempo el mundo todavía estaba sin organizar. Había muchas cosas que todavía no sabían cuál era su lugar ni su función en la vida.

Y así andaban el pene, los testículos y la vagina, en busca de la razón de su existencia. Recorrían el mundo de un lado a otro. Un día entraron en un gran desierto. Anduvieron y anduvieron, pero sólo encontraban arena. Comenzaron a sentir hambre, pero nada, lo único que veían era arena y más arena. Entonces divisaron a lo lejos un árbol, se acercaron y vieron que era un árbol frutal. El primero en subir fue el pene. Estando arriba comenzó a comer fruta, comer y comer. La vagina desde abajo le pidió que le tirara un poco de fruta, ya que, por alguna razón, ella no podía subir. Y así lo hizo el pene, mientras él comía le iba lanzando fruta a la vagina. Los testículos también subieron, pero al contrario que el pene, estos no hacían caso a la petición de la vagina. Por fin, después de que todos hubiesen comido, continuaron con su viaje.

Un día les atrapó una tormenta terrible. Llovía a mares, el viento soplaba feroz. Empapado de arriba abajo y temblando de frio, el pene se acercó a la vagina y le rogó que lo albergase de aquella tormenta.

-¡Claro que sí! – le dijo la vagina-. Tú te has portado muy bien conmigo y puedes entrar a calentarte.

Entonces se le acercaron también los testículos, con la misma petición.

-¡Ay no! – respondió enojada la vagina-. Vosotros os habéis portado muy mal conmigo al no repartir vuestra fruta. ¡Quedaos fuera!

Y esta es la razón por la cual, desde entonces, el pene entra en la vagina y los testículos no.

Vosotros y vosotras no sé, pero yo me hice unas buenas risas con esta historia, además de aclarar una gran duda.



Publicado originalmente en euskara en la revista Hegats, nº44, de la Asociación de Escritores en Lengua Vasca

[1] GOÑI Carlos. Cuéntame un mito. Ariel, Bartzelona 2001.

[2] DE PRADA, Juan Manuel Edit/trad La niña que creó las estrellas: Relatos orales de los bosquimanos /xam

. Edit Lengua de Trapo

[3] PERBOSC Antonin. Contes Licencieux de l’Aquitaine. Garae Hesiode

[4] MINDLIN Betty y narradores indígenas. Relatos eróticos indígenas. El Aleph Bartzelona 2005

[5] BURKE Peter. La cultura popular en la Europa Moderna. Alianza. Madril 1991. Pag 175

[6] PERBOSC Antonin. Contes Licencieux de l’Aquitaine. Garae Hesiode

[7] BAJTIN Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. Alianza. Madril 1998 pag 151

[8] Calvino, Italo. Seis Propuestas para el fin del Milenio. Edi Siruela 2000

segunda-feira, outubro 04, 2010

¿Qué demonios será la narración oral?

Es una discusión recurrente la que tenemos ene l mundo de la narración oral sobre si la narración es teatro u otra cosa. Parece ser que en la sociedad que habitamos, las definiciones son necesarias para que cada cual pueda mostrar su actividad lo más concretamente posible. Géneros literarios, estilos musicales, propuestas teatrales, todo se clasifica y define. ¿Necesita, en cambio, la creación de esa fiebre clasificadora? ¿Lo necesita el creador? Soy de la opinión de que en realidad es una necesidad del mercado cultural; el cual, aquí también, destaca sobre otras razones o dinámicas. Y el mercado, en la cultura también, necesita de organización (aunque últimamente se haya demostrado que es más imagen que otra cosa). La preocupación en diferenciar la narración oral del teatro (no así en cambio de la literatura escrita, la mayoría de las veces), la ha impulsado, en gran medida, la necesidad de desarrollar un nombre propio dentro de ese mercado cultural; la necesidad de transmitir las características propias de esta actividad creadora; propagar la especificidad de la creación narrativa oral. Pero, ¿son tan diferentes la narración oral y el teatro?

Hay libros que enseñan, que continuamente te atraen hacia ellos ayudándote a esclarecer dudas. Dario Fo escribió “Manual Mínimo del Actor”, libro imprescindible para quien ame el teatro. A lo largo del libro comenta cuestiones tanto del teatro actual como del teatro antiguo. Entre estas últimas nos trae una mención a un texto de la época de la Contrarreforma, escrito por un tal Ottolelli, colaborador del Cardenal Carlo Borromeo. Ottolelli escribe sobre la comedia y los comediantes: “(…) los cómicos no emplean en todas las representaciones las mismas palabras de la nueva comedia, se inventan cada vez, aprendiendo antes la sustancia, como en breves capítulos y puntos concretos, recitan después de manera improvisada, adiestrándose así a una manera libre, natural y graciosa. El efecto que logra en el público es de gran implicación, esa manera tan natural despierta pasiones, emociones, que son de gran peligro por la alabanza que se hace de la fiesta amoral de los sentidos y de la lascivia, del rechazo de las buenas normas, de la rebelión a las santas reglas de la sociedad, creando gran confusión entre las gentes sencillas”. Pues bien, no creo que este tipo pensase que los comediantes y los narradores fuesen hijos de distinta madre. De todas maneras, discusiones aparte, la mejor manera de poder enriquecer los criterios en torno a esta cuestión, es conocer las propuestas narrativas orales, así como reflexionar sobre el trabajo que se hace y las propuestas que se trabajan. Y sobre todo, tener claro que lo principal es que la narración distraiga al público, sin ignorar su capacidad reflexiva.

terça-feira, junho 08, 2010

Somos lo que escuchamos


“¿Puede alguien de vosotros contar una historia?”. Los narradores de la noche. Rafik Schami

Somos lo que contamos, pero, sobre todo, somos lo que cuentan. Y un hombre perdió la palabra. De repente, no salía ninguna palabra de su boca. Decía que el sueño le robó la palabra. Que se quedaron en los sueños, sin poder salir de allí, eso pensaba. Creía que tuvo una pesadilla. O que había hablado demasiado y las palabras se cansaron, perezosas para despertarse. Quizás el roncar tendría algo que ver. Alguna vez oyó decir que los ronquidos rompían las palabras, que por eso muchas veces, al despertar, las palabras salían torpes. Eso le ocurría muchas veces, pero luego se recuperaba. En esta ocasión, en cambio, se perdieron completamente, en algún atajo del sueño. Y lo peor era que no sabía si la enfermedad duraría un tiempo o se quedaría así para siempre. Mientras tanto, tendría que acostumbrarse a vivir sin decir palabra. Y descubrió nuevos mundos. Escucho sonidos desconocidos hasta entonces. Los ecos de los pasos de la gente. El reventar de las gotas de lluvia en las calles. Los murmullos de la gente en los rincones. Sus pasos. Su respiración. Aprendió también a mirar. Los gestos de los amigos, los detalles de sus andares. Desde que perdió la palabra descubrió nuevos territorios fantásticos, en casa y en la calle.

Recuerdo que de pequeño, me despertaba el eco de los tacones de una mujer que descendía, apresurada, camino del trabajo, por la cuesta de Galtzaraborda. Y esos tacones presurosos me recordaban el tiempo que me quedaba para ir a la escuela. Un poco más tarde, bajo la ventana, un coche se ponía en marcha. Todavía el día no había comenzado y el tener aún tiempo para dormir hacía que me envolviese más gustosamente en las sábanas. Todavía hoy, el lugar del reloj lo ocupan distintos sonidos madrugadores. Son ruidos nocturnos. El camión de la basura, sobre las dos. Hacia las cinco, la radio de la furgoneta del repartidor de pan. Más tarde, hacia las seis, el maldito ruido de la maldita máquina barredora. Y a partir de aquí distintos ruidos y sonidos se van uniendo al nuevo día. Hay, en cambio, sonidos que pasan si que nos demos cuenta. Que los ruidos de la ciudad, o los nuestros, nos impiden oírlos. Sonidos comunes, sin importancia, humildes, pero que nos ayudan en nuestra cotidianeidad. El sonido de las llaves, cuando estamos deseosos de llegar a casa y bailan en nuestras manos. Serían anunciadores de nuestro descanso, si les prestásemos atención. El ritmo de la respiración del amigo cuando habla, que, quizás, nos indica otra intención en lo que nos cuenta. Cuando caminamos por la calle, el sonido de la música que sale de una casa, mostrando la intención socializadora de quien o quienes la habitan. Cuando llueve, el sonido del tremolar de las gotas que caen de los tejados. Nuestras calles, y nosotros mismos, estamos hechos de pequeños sonidos y ruidos, que nos acompañan durante toda la vida, como una banda sonora no buscada de nuestra vida.

Y por la ventana llegan las notas de un violín. Sentado en un banco de la calle, un hombre juega con los sonidos que hace surgir de las cuatro cuerdas. Son composiciones conocidas, pero con un alma propia. La música, como muchas acciones humanas, es juego, y ese juego es lo que nos atrae. Delante suyo hay una pequeña caja de cartón, para quien lo desee deposite unas monedas. No parece una situación extraordinaria, sino bastante común, como muchas que ocurren en nuestras calles. Los transeúntes van de un lado a otro. Alguien detiene su marcha unos segundos para depositar unas monedas. El músico se lo agradece sin dejar de interpretar la pieza.

Y el granizo golpea rítmicamente los tejados y las calles, creando gran estruendo. Todo se para durantes unos instantes. La gente busca refugio. Esta caída celestial está en boca de todos. Y cuando cesa, se puede escuchar el ruido de los trozos de hielo al romperse bajo los zapatos, y el chapotear en los charcos. Cuántos pequeños ruidos, y sonidos, y ecos de vida no perderemos en nuestros pueblos y ciudades. Andamos a prisa, recogidos en nosotros mismos, sin poner atención en los pasos del otro, al sonido y al ritmo de sus palabras. Como el corazón, la ciudad tiene sus latidos, señal de que está viva. Silenciarlos es como silenciar su corazón. Silenciarse no es, simplemente, callarse, quedarse sin decir nada, o sin saber qué decir; callarse es también dar descanso a la mente. Como en la música, al hablar el silencio también tiene su valor, dándole ritmo al significado del discurso. Como el corazón con sus latidos expresa nuestro ritmo de vida, los silencios en el discurso expresan el ritmo de nuestros pensamientos. De todas maneras, como el corazón, los discursos también pueden estar afectados de arritmia, o al borde del infarto. A pesar de ello, tendríamos que saber diferenciar cuando callamos y cuando nos mandan callar, cuando nos niegan la palabra. Si no sabemos la diferencia es inútil; entonces no escucharemos los sonidos de nuestras calles, y los mundos maravillosos que ofertan no crecerán en nosotros.

sexta-feira, fevereiro 22, 2008

¿Se liga contando cuentos?

En una de las muchas animadas charlas de alguna de las Maratones de cuentos de Guadalajara, salió, entre los vapores de zumo de cebada fermentado, la cuestión si se liga contando cuentos, o, para ser más exactos, por contar cuentos. Salvo alguna excepción excepcional, la respuesta era tajante: no.
Dada la natural atractiva imagen del narrador o narradora que existe en la sociedad, es decir, la de una persona culta, sensible, inteligente, interesante, buena conversadora, buena escuchadora, emprendedora, viajada..., era dificil enfrentarse a tal realidad tan diáfana. lo normal era que cada cual pensase que los demás eran las y los ligones; pero no, la epidemia llegaba al más recóndito lugar de la palabra dicha. Entonces surgía la pregunta: ¿Por qué entonces se piensa que por contar cuentos se liga más? Ay! Una de tantas preguntas de dificil o imposible respuesta. Mas nada hay que escape a la curiosidad de un buen narrador, por lo que me propuse dar con la respuesta.
Un hecho inesperado me puso en la pista, o para ser más exactos, me abrió las orejas. Estaba yo realizando un trabajo de campo en las fiestas de Oiartzun (un pequeño y bucólico pueblo rodeado de verdes praderas, justo al lado del que habito), a eso de las seis de la mañana. Apoyado en la barra de un bar, viendo el deambular de la gente, aguzando la vista para no perder detalle del extraño líquido amarillo y espumoso que mermaba en el vaso aferrado a mi mano, pude contemplar el entrañable encuentro entre dos personas de edad juvenil, de las cuales se podía contemplar, sin demasiada agudeza, unos ligeros resplandores sensuales, de los cuales, quizás, ni ellos mismos eran conscientes. Mas la labor de un narrador es estar en un permanente estado de observación total, es por ello que pude calificar aquella situación, la de la pareja por supuesto, de pre-encuentro, cuando menos, sentimental. Estando yo en estas tribulaciones creativas, y mientras volcaba mi interes pasajero por el vaso aquel que tenía hacía un corto tiempo olvidado, observé cómo la chica se disculpaba por un momento, alejándose a algun lugar distante (de lo que colegí que tendría alguna imperiosa necesidad corporal). Entonces ocurrió.
En el momento que aquella chica desapareció, el muchacho que la acompañaba se giró hacia mí rogándome: "Cuéntame un cuento para contarle a esa chica. Es que quiero ligar con ella". Una extraña sensación de euforia se apoderó de mí en ese momento. Después de tanto tiempo contando historias de aquí para allá, encontraba la verdadera razón de todo ello: ¡contar historias servía para ligar! Aunque para ello tendria que obviar un pequeño detalle, a saber, que quien iba a ligar con los cuentos no era yo sino aquel inteligente joven que había sabido encontrar el verdadero valor de la narración oral.
A partir de entonces, y sin poder desembarazarme de aquella excitación tanto artística como human, comencé a destilar por mi boca toda clase de historias supuestamente adecuadas para el empeño que se me proponía. El joven, mientras escuchaba, iba asintiendo o no, sobre la idoneidad de aquellos relatos surgidos de lo más profundo de mi memoria sensitiva. estábamos en ello cuando hizo aparición la, para entonces, ninfa de los sueños, no solo de aquel muchacho, sino de mí mismo. Olvidóseme abandonado en la barra madrugadora de aquel bar, pronto iluminado por las luces de alba, el vaso con su contenido, hasta entonces soporte y acicate de mis elucubraciones. involucréme totálmente en el objetivo de hacer de aquel encuentro un hecho inolvidable para aquellos jóvenes, quienes para entonces escuchaban abrazados mis más queridos relatos. Y antes de que reventará el día, partieron hacia un futuro cercado de sueños y aventuras maravillosas. Yo regresé hacia aquel fiel vaso, que aunque abandonado temporalmente, sabia que regresaría con él, antes de que la luz de un nuevo día nos anunciase otra historia más.
Este hecho, aunque anecdótico, me hizo concluir que en realidad contar cuentos SÍ sirve para ligar, aunque los que ligen sean los que escuchan. Pero ahí radica la increible labor de las y los narradores, la labor de que alguien en algún lugar del mundo, aunque sea por un momento, ¡eche un buen polvo! Y entonces me día cuenta de que en realidad yo en vez de contar tendrái que haber escuchado. Si hubiese atendido más en la escuela, en vez de hablar tanto...
(Continuará)

terça-feira, agosto 07, 2007

Ciencia y pensamiento mágico

Ciencia y pensamiento mágico


Una vez pregunté a unos niños si sabían cómo se había creado el mundo. Era en una sesión de narración. Hubo distintas respuestas, pero la que más me impactó fue la de una niña que mencionó el Big Bang. ¡Y tenía seis años! Un niño habló de un tal Jesusito. Y, a decir verdad, la mayoría no abrió la boca. Por supuesto yo les dije que no tenían ni idea y que menos mal que yo estaba allí para contarles lo que “de verdad” ocurrió. De todas maneras quedaba en el aire la duda “pedagógica”. En una sesión de narración se dicen muchas cosas, además de contar cuentos. Se cuentan muchas mentiras y deshacen algunas verdades. Se reivindica un mundo imaginario y se conjura la realidad. Algunas sesiones son demasiado pedagógicas y otras nada. En la intencionalidad por lo menos. Simplemente, se cuentan cuentos, se habla con los asistentes, se intenta pasar un buen rato. ¿Solamente?
Podríamos mostrar las opiniones de los dos niños como percepciones distintas de un mismo hecho, aunque no tanto de ellos mismos sino de, seguramente sus padres. En el caso de la niña la ciencia sería el punto de vista válido a la hora de afrontar una cuestión meramente humana, es decir, ¿qué hacemos aquí? O, si se quiere ¿de dónde venimos? En la opción del niño vemos que la respuesta viene dada por una visión mágica de la vida. Dos puntos de vista que se sitúan en los extremos. Ahora bien, ¿quién ostenta la razón? ¿Sería posible un acuerdo entre los dos? No es factible, ya que la primera opinión se basa en que la ciencia es lo que da respuesta a las incertidumbres y dudas sobre el dichoso ¿de dónde venimos? La segunda opción nos emplaza a una visión basada en un “algo” superior creador de todas las cosas, el cual tiene las respuestas a todas nuestras dudas, solo hace falta “creer” en Él. Mas no podemos olvidar una tercera opción, la de los niños y niñas que callaron, esperando la respuesta. Y no siempre el que calla otorga. En cualquier caso, lo que verdaderamente importa aquí es el interés para saber. Para saber si es verdad lo del Big Bang, lo de Jesusito, o para saber lo que “verdaderamente” ocurrió. Y entonces entramos en el mundo de los cuentos, de la imaginación, de las no verdades, de las “grandes mentiras” de la creación humana. Y ahí lo importante no son las respuestas certeras, ni creíbles, ni tan siquiera verdaderas; lo verdaderamente importante es imaginar qué ocurrió, cómo pasó aquello, quienes intervinieron. Y aquello ocurrió hace tanto tiempo, que cualquier cosa es posible. Seguramente aquella niña y aquel niño de respuestas verdaderas que alguien les contó, olvidarían, siquiera por un momento, aquellas certezas y ellos también, como los demás, tratarían de imaginar otros caminos hacia el entendimiento. De esta manera podrían dudar y reflexionar sobre aquello que tan claro tenían. Pero bueno, eran niños. Se lo creen todo, dicen.

quarta-feira, abril 04, 2007

Lu cuntu nun metti tempu

Lu cuntu nun metti tempu

Joxemari carrere zabala

La relación entre la oralidad y la literatura últimamente está siendo objeto de una nueva revisión. ¿Quién influye a quién? ¿Es posible un equilibrio entre las dos? ¿La cultura escrita de un idioma es más elevada que la oral? Los cuentos, las canciones, el teatro popular, los romances, son ricos exponentes de una cultura popular que parece que suscita un interés creciente.

En el número de la revista literaria Maiatz dedicado a las 16 jornadas de literatura encontramos una interesante colaboración del cantante y escritor Eñaut Etxamendi en la cual nos habla de sus influencias literarias. En el artículo “Ahozko literaturatik idatzira” (De la literatura oral a la escrita) nos revela las enseñanzas recogidas desde la oralidad. Las canciones, las toberas (expresión de teatro popular vasco), las palabras sagradas, los ritos, los cuentos son en su opinión expresiones literarias. En relación a la cultura en la cual se ha criado nos cuenta que “ para la gente que vive en esa cultura, ¿qué es la verdad? La palabra. La palabra es la verdadera verdad! (...) Quiere decirse que la plasmación de la realidad es la palabra, y esa palabra es la realidad”. Joxe Arratibel es un monje agustino nacido en Ataun, en el centro de Gipuzkoa. Recordando cuentos oídos en su niñez escribió el libro “Kontu zaharrak” (Cuentos populares) y en la entrevista que sirve de prólogo al libro, realizada por Miel Anjel Elustondo, nos relata el mundo en el cual se contaban aquellos cuentos. Nos habla de realidad como una realidad que ha cambiado con el cambio de la percepción de la verdad. “Los niños de ahora no sienten el miedo que sentíamos nosotros, no conocen la oscuridad”. Al hablar del hecho literario nos cuenta que prefiere contar los cuentos a escribirlos, ya que se le hace más fácil. “Eso es más fácil. Si alguien no entiende, siempre puede preguntar. Y la manera de decir siempre expresa más que lo escrito; sobre todo en las cosas poco importantes”. Bernardo Atxaga es un escritor bastante interesado en el mundo de la cultura oral. En la introducción que hace del libro “Cuentos populares vascos”, recopilación hecha por Koldo Biguri y Lurdes Auzmendi, escribe sobre la importancia de la cultura popular en la literatura. En opinión del escritor de Asteasu “la beneficiosa sombra de la cultura popular jamás falta en la obra literaria, es decir escrita. No se trata, pues, de las “expresiones toscas” que algunos suelen mentar con un pellizco de desprecio, ni de la “ingenua hermana menor” de la familia, habitante de alguna periferia social o lingüística, sino de una corriente sustancial de la tradición literaria”. En el mismo texto nos llama la atención sobre la influencia creadora ejercida en grandes escritores de la historia de la literatura por los cuentos y personajes enraizados en esa cultura popular.

Esta relación de las expresiones orales de la cultura popular con la literatura está suscitando un nuevo interés tanto entre creadores como investigadores. Es continua la preocupación por la falta de atractivo que tiene la lectura entre la juventud, pero al mismo tiempo es pareja la preocupación por el empobrecimiento del lenguaje entre estos mismos jóvenes. Se menciona la falta de recursos narrativos a al hora de hablar que presentan la nuevas generaciones; y de aquí una de las razones por investigar la relación entre la lectura y el habla. Aunque podríamos decir que este problema no se circunscribe solamente al mundo joven, sino que entre los adultos se puede observar esta problemática. La influencia de los medios de comunicación se suele mencionar como parte del problema; y es, quizás, esta una de las razones por la cual se organizan cada vez más sesiones de cuentos. Es en las bibliotecas y en la escuela donde, sobre todo, se organizan este tipo de actos, con la pretensión de que la literatura llegue por los oídos, favoreciendo de esta forma un más fácil acercamiento a la literatura escrita. Junto con esta proliferación de sesiones narrativas en la librerías también abundan cada vez más tanto libros de cuentos como ensayos e investigaciones sobre este hecho. Pero, ¿qué interés puede encontrar un escritor o un alumno en estas narraciones transmitidas oralmente durante generaciones? El escritor italiano Italo Calvino nos ofrece un respuesta interesante en su conferencia “Rapidez” integrada en el libro “Seis propuestas para el próximo milenio”. Si en la época de mi actividad literaria me atrajeron los folk-tales, los fayri-tales, no era por fidelidad a una tradición étnica ni por nostalgia de las lecturas infantiles, sino por interés estilístico y estructural, por la economía, el ritmo, la lógica esencial con que son narrados”. El que cuenta sabe que el éxito de su historia vendrá dado por la manera de contar, más que por la historia en sí misma. Esto suscitará tal interés en la persona que escucha que le hará interesarse por ese mundo que se recrea, que lo traslada en el tiempo y en el espacio. Italo Calvino lo supo vislumbrar. “El relato es una operación sobre la duración, un encantamiento que obra sobre el transcurrir del tiempo, contrayéndolo o dilatándolo. En Sicilia el que cuenta historias emplea una fórmula: “Lu cuntu nun metti tempu” (el cuento no lleva tiempo), cuando quiere saltar pasajes o indicar un intervalo de meses o años. La técnica de la narración oral en la tradición popular responde a criterios de funcionalidad: descuida los detalles que no sirven, pero insiste en las repeticiones”.

Etxamendi, Arratibel, Atxaga y Calvino nos hablan sobre la cultura del relato, de la escucha; de la riqueza de los cuentos, de las canciones. Pero sobre todo nos hablan de un mundo mágico, es decir, sobre el fenómeno de introducir a las personas, a través de las palabras dichas, en el terreno de la fantasía. Y la literatura nos lleva hacia viajes fantásticos. Quizás el supuesto desinterés de los jóvenes hacia la lectura viene motivado por este mundo tan lógico en el que habitamos. Si nos adentrásemos en los lugares fantásticos viviríamos un mundo más interesante, quizás.

Literatura y tradición (en catalán)

En aquell temps, algú ja hi era. Sobre la tradició heretada

Algú ja hi era i algú no hi va ser

Pel que sembla comencen així alguns contes a Azerbaitjan, abans d’introduir-nos en el territori de la fantasia on tot és possible. Doncs ja és tota una manera de començar, com en aquesta ocasió. Però, està tan lluny Azerbaitjan! Apropem-nos-hi una mica més. Comencem a la manera que ho fa Joseba a La del peix d’or.
«A l’antiguitat, quan el desitjar encara tenia valor...». Ves per on! Aquest principi apareix en alguns contes recollits pels germans Grimm a Alemanya. Bé, li perdonarem a Sarri el fet de copiar encara que sigui una mica, perquè de fet, qui no ha copiat alguna vegada? Per tant, hauríem de buscar un altre principi aquesta vegada. Ara sí, tenim a la punta dels dits un mateix principi preciós, que apareix en molts contes bascos:
«Com tants altres al món...»
Serà apropiat per al tema proposat en aquesta ocasió? Segurament no. Però és una manera de començar-la, també. ¿Com començar si no és parlant de la tradició heretada? I més encara amb els increïbles dubtes que em planteja el que es vol expressar amb el títol. Perquè, quan parlem de tradició literària, ¿des de quina perspectiva parlem, des de la dels qui pertanyen a una cultura? des de la dels investigadors? ¿Potser des de la interioritat de l’escriptor? És difícil captar totes les sensibilitats implicades, almenys per mi. Em miraré a mi mateix, i em preocuparé una mica de la tradició literària heretada per mi com a basc.
Més d’una vegada he sentit i llegit que si a Europa tenim biblioteques a Àfrica hi tenen la gent gran; és a dir, que els vells hi ocupen el lloc que aquí ocupen els llibres. Ells serien la memòria del poble. Ells serien els qui recorden i conten les històries creades i guardades a través del temps. La tradició literària a Àfrica es guarda a les veus dels vells. Això diuen. I no seré jo qui ho posi en dubte, perquè, de fet, conec la importància de l’oralitat a les cultures pròpies d’Àfrica. De tota manera, en afirmacions d’aquest tipus hi ha certa negació o desconeixement, o potser, una preocupant tendència a la generalització.
Amb aquesta afirmació es diu, entre d’altres coses, que les societats europees estan alfabetitzades, és a dir, que la majoria dels habitants, amb certes excepcions, tenen la competència de llegir i escriure; que a Àfrica, en canvi, són analfabets en gran mesura, en els seus idiomes materns almenys, i que per tant la seva transmissió literària i cultural es fa oralment. Presa així seria difícil posar-la en dubte, però em vénen moltes preguntes, és a dir, ¿en quin idioma estan alfabetitzats els europeus? I per tant, ¿quines tradicions literàries s’han tendit a guardar a les biblioteques?
¿Potser només s’han guardat a les biblioteques els assoliments literaris dels europeus? ¿Ningú no ha reunit una biblioteca de la vella oralitat? ¿Quin tipus de literatura han pogut desenvolupar i transmetre les cultures a les quals se’ls ha negat l’escolarització, i per tant, l’alfabetització? Opina l’investigador David R. Olson que «per a desenvolupar-se una cultura escrita són imprescindibles les institucions que utilitzen textos: l’església, la cort, el govern, l’acadèmia i la família»; ¿potser han tingut aquesta oportunitat tots els habitants d’Europa? Cita Olson en aquest mateix article, que una tradició escrita, a part de fixar textos també els ha d’acumular. ¿Com crear llavors una cultura escrita si no es compleixen les condicions mínimes per a desenvolupar-la i si, a més, la majoria dels parlants són analfabets? Dit així, ¿podríem dir que els pobles condemnats a ser analfabets en la seva pròpia llengua no han desenvolupat una tradició literària?
Us contaré un passatge –almenys per a a mi molt bonic– que contava la nostra mare. En una època els bertso-paperak (impresos amb versos en basc) es venien al carrer. Hi apareixien versos coneguts o nous i, en el nostre poble, els venia un home a les portes del mercat. La mare ens contava que la nostra àvia li donava unes monedes per comprar aquells bertso-paperak. Havent dinat l’avi seia a la cuina i la meva mare li cantava aquells bertsos. Eren bertsos llargs, en ocasions la història tràgica o anguniosa d’una noia, a l’estil dels colobrots actuals. Manejava el castellà d’aquella manera, i, per descomptat, per al nostre avi analfabet, aquells bertsos ocupaven el lloc de la «literatura». Conta la meva mare que l’avi tancava els ulls, concentrat en la història que es cantava o contava. Al fil de la història escoltada, de tant en tant es feia ell mateix algun comentari.
Escoltant-ho nosaltres pensàvem que aquelles eren coses del passat. Però vist des d’avui dia, ens adonem que aquells esdeveniments, cants i històries eren «la biblioteca» que anàvem formant en la nostra llengua. Sortien de la veu i anaven entrant a les nostres oïdes. Però allò no tenia més que valor folklòric i «vernacle», i el que no ensenyaven a l’escola era el veritable tresor literari. Per tant, la tradició literària era la dels llibres. És curiós com es repeteix aquesta opinió sobre les creacions literàries emanades de l’oralitat, sigui quina sigui la llengua en qüestió.
¿No tindria, doncs, valor literari aquell moment que la meva mare li cantava els bertsos al meu avi? I ara no estic parlant de la qualitat d’aquells bertsos o del seu valor literari intrínsec, sinó de l’efecte que creava en el meu avi en aquell moment. Algú podrà dir que es tracta de restes d’un món en procés de desaparició, i segurament no li faltarà raó. Malauradament, la desaparició de la llengua va unida a la desaparició d’aquest món, i amb aquest món se’n van moltes coses, a part de la tradició. Camiño Nogueira es refereix a una cosa semblant parlant de les transformacions a la societat gallega. «A sociedade actual modelada coa cultura urbana, coas esixencias das novas tecnoloxias da comunicación [...], coas modernas formas de diversión paralizaron a difusión deste tipo de literatura, e hoxe podemos ver como de día en día as creacións literarias populares van desaparecendo da memoria colectiva.» L’investigador i compilador gallec ens planteja una problemàtica interessant, perquè, de fet, identificar amb edats passades la creació literària acumulada per una cultura al llarg del temps i considerar que aquesta oralitat és una expressió cultural de baix nivell, a més del consegüent menysteniment, comporta la pèrdua d’aquest important tresor literari. Però aquesta pèrdua no tindrà només implicacions culturals i etnològiques, sinó que també es podrà apreciar en la pèrdua dels models narratius. La creativitat literària de l’oralitat es margina davant la literatura escrita a causa de la consideració d’«incultura» o com a molt de cert «paternalisme» barat, en la mesura que és una expressió folklòrica del poble. La cultura i la literatura superiors les trobarem en els llibres i en aquest àmbit ens hem d’educar si volem ser persones cultes. Aquest fenomen comú a totes les cultures occidentals es veurà augmentat en llengües on l’oralitat sigui majoritària, per exemple en l’èuscar. Quan es parli de tradició literària amb aquests criteris les conclusions seran pobres, perquè no es tindrà en compte la creativitat literària popular de què parla la senyora Noia. I seguint per aquest camí veurem com en escriure en aquest idioma les referències literàries es prendran d’altres llengües, interioritzant models narratius aliens.
¿Vol dir això que educar-se en models lingüístics aliens és dolent? Per descomptat que no, perquè no podem deixar de banda aquests models que s’han desenvolupat a prop nostre, no per copiar-los sinó per a usar-los com a referència.
Italo Calvino, escriptor italià, citava molt apropiadament l’interès que despertaven en ell els contes tradicionals. «Si en una època de la meva activitat literària em vaig interessar en els “folktales”, no era per una tradició ètnica concreta [...], tampoc per una nostàlgia de les lectures infantils [...], sinó per un interès estilístic i estructural, per economia, per ritme, per la lògica essencial en què han estat contats.»
Crec que Calvino l’encerta de ple, ja que la pluralitat d’estils narratius portarà pluralitat i riquesa a la literatura. Cada idioma al llarg del temps ha desenvolupat els seus propis models, tant a nivell d’escriptura com d’oralitat. Però això no vol dir que siguin dos mons sense punts d’unió. Coincideixo plenament amb el que escriu Inazio Mugika en el pròleg del llibre d’Anjel Lertxundi Letrak kale kantoitik, és a dir, que Lertxundi ha hagut de trencar la distància que hi ha entre la tradició oral i escrita perquè «Lertxundi no ha tingut altre remei que enderrocar aquest envà artificial, per a fer possible que es veiés la continuïtat que hi havia entre les dues habitacions. [...] És obligatori analitzar a la vegada les dues tradicions, per, contra el que s’ha pensat, arribar a una perspectiva general.» El nostre idioma, l’èuscar, cal que ho faci. En la mesura que és un idioma desenvolupat en l’oralitat, té el perill de dependre de recursos narratius d’altres idiomes si no valora la seva tradició oral en la seva justa mesura, amb la globalització que això comportaria, si em permeteu d’emprar aquesta paraula de moda. De totes maneres cal que no confonguem això amb les opinions del tipus «cal escriure com parla el poble». La tradició literària que ens ofereix l’oralitat no hauríem d’utilitzar- la mitjançant la mera repetició, sinó per desenvolupar-la, enriquir la producció literària i dotar d’ànima pròpia la literatura de cada lloc. A pesar de ser extrema, tampoc es pot perdre de vista l’opinió de l’escriptor portuguès Adolfo Coelho. «[...] assim as literaturas só têm valor verdadeiro quando aproveitam as minas da tradiçao popular
Si prenem la literatura escrita en èuscar fins a l’últim quart del segle XX no podem dir que hagi estat especialment rica. Sent això així, els escriptors que en els últims 40 anys han intentat renovar i desenvolupar la literatura basca escrita han tingut més aviat pocs referents. Ha estat difícil fer de la literatura un camí propi. D’una banda l’escassesa i de l’altra la dificultat d’accedir a la publicació han augmentat el problema. Però això no vol dir que la literatura basca hagi viscut aliena als corrents moderns o que la literatura escrita no hagi estat considerada; més encara, podem dir que molts autors han tingut en compte la literatura precedent en molts dels seus treballs, alhora que també han estat referents els models oferts per la literatura popular. Així com la manera de fer literatura d’Axular ha estat modèlica, la riquesa de la literatura popular ha estat moltes vegades referent. Posem Aresti com a exemple. No se li pot negar la importància que ha tingut aquest bilbaí en la renovació de la literatura basca. Si analitzem el seu treball veurem com va investigar sobre la tradició literària escrita i oral per a enriquir el seu treball i de passada posar la llavor per a una literatura basca moderna. Testimoni d’això és el seu desconegut treball en pro de renovar la dramatúrgia basca. A Mugalde herrian eginiko tobera (1961), prenia la tradició de les toveres (instrument tradicional percussiu de metall) no com a repetició sinó per utilitzar una forma tradicional de teatre i així traçar un camí cap a un teatre basc modern. Utilitza la tradició com a font d’inspiració, i pren una forma de teatre basc encara viva per aquell temps, per proposar una via cap a un nou teatre basc. Per desgràcia, en lloc de desenvolupar i enfortir aquesta via, avui dia massa sovint s’aprecien d’altres vies en el teatre euskaldun, donant el toc basc mitjançant un costumisme renovat.
Avui, per sort, podem dir que la literatura escrita basca gaudeix de bona salut (comparada amb la dels segles precedents). El nombre d’euskalduns alfabetitzats és el més gran de la història. La literatura basca ha ocupat en l’escola el lloc que li corresponia (a pesar de totes les puntualitzacions que s’hi pugui fer). L’edició de llibres ha crescut enormement (en opinió d’alguns, massa). I els clàssics continuen sent tan actuals com abans. Però això no ens ha de dur a una eufòria sense aturador. Qualsevol literatura, sobretot en una llengua minoritària com la nostra, té en els seus múltiples tresors literaris aportats pel temps, un element imprescindible. Els trobarem en els llibres escrits, però també en els bertsos, historietes i expressions literàries de tot tipus. Caldrà que ens hi capbussem per trobar els recursos literaris que donin a la nostra literatura una mica d’ànima pròpia. El principal pilar de la literatura heretada pels bascos és l’oralitat, i hem de saber compaginar-la amb el que s’ha escrit, perquè puguem enderrocar aquest envà del que parlava Mujika Iraola. Hauríem d’utilitzar els llibres d’aquestes dues «biblioteques», almenys si no volem que la literatura es converteixi en una cosa estandarditzada, globalitzada i mancada d’ànima; o que no passi allò de la molsa. Què dieu? Que no sabeu què li passa a la molsa? No m’ho crec; De debò que no ho sabeu? Encara sort que sóc aquí per a dir-vos les coses que realment són importants.
Doncs, diuen que diuen, que al principi de tot, tots els éssers vivents sabien parlar, les plantes, els ocells, els animals i les persones. Però Déu es va oblidar de la molsa, i mentre els altres estaven fent-la petar la molsa havia d’estar calladeta. Veient la situació, els altres van començar a ensenyar-li les seves paraules. I es va convertir en l’ésser més savi, perquè sabia les paraules de tots els altres. Però quan Déu –fent la migdiada, com sempre– es va adonar que volien fer una cosa que ell no havia projectat, va exclamar «Em cago en jo!», i va llevar la capacitat de parlar a tots menys a les persones –ja sabeu, per a guardar la seva autoestima: «Pare nostre que estàs al cel...» «Ja val, ja val». Llavors va acabar l’època de la felicitat i va començar la de la desgràcia. I els únics que viuen feliços són les criatures, perquè elles parlen amb els ocells, les plantes, els gossos... I quan passaven totes aquestes coses que us conto, jo, llavors, hi era.


Traduït de l'èuscar per Toni Strubell Trueta

literatura y tradición (en galego)

Daquela, alguén estivo alá

Acerca da tradición literaria herdada
JOXEMARI CARRERE ZABALA

Alguén estivo alá, e alguén non estivo.

Polo visto, en Azerbaidjan comezan así algúns contos, antes de introducirmos no mundo da fantasía, onde todo é posíbel. En fin, é unha maneira de comezar, coma esta de hoxe. Pero, Azerbaidjan está tan lonxe! Acheguémonos. Comezemos como Joseba Sarrionandia comeza o conto “Urrezko arraiarena” [Do peixe de ouro]:

“Hai tempo, na época en que desexar valía...”. Ca! Mais este inicio áchase tamén nalgúns contos recollidos polos irmáns Grimm en Alemaña. Bo, perdoamos a Sarri que copiara un pouquiño, de feito, quen non copiou algunha vez? Polo tanto, hoxe teremos que buscar outro inicio. Agora si, agora temos moi preto un fermoso inicio, que soe aparecer en varios contos vascos:

“Como moitos no mundo...”

Non obstante, para tratar o tema proposto e para esta ocasión, é axeitado un inicio como este? Seica non. Pero esta é tamén unha maneira de comezar. Como comezar a falar senón da tradición literaria herdada? Máis aínda tendo unha chea de dúbidas sobre o que quere expresar semellante título. En efecto, cando estamos a falar da tradición literaria, dende o punto de vista de quen estamos a falar, dende os participantes dunha cultura?, ou dende a ollada do investigador?, seica dende o interior do escritor? Certamente difícil imaxinar os achaques de todas estas mentes. Falarei de min, e atenderei á tradición literaria que herdei como vasco.

Teño oído ou lido máis dunha vez que así como na Europa temos bibliotecas, na África teñen vellos; é dicir, que os vellos enchen o espazo que entre nós enchen os libros. Polo visto, eles son a memoria do pobo. Eles lembran e contan as historias creadas e conservadas durante longo tempo. Na África a tradición literaria consérvase en boca dos vellos. Segundo din. E eu non vou dubidar acerca disto, porque sei da importancia da oralidade nas culturas propias da África. De todos os xeitos, en afirmacións como estas hai unha grande negación e inorancia, ou talvez, unha preocupante xeneralidade.

Coa dita afirmación acéptase, por suposto entre outras cousas, que a xente da Europa está alfabetizada, é dicir, que a maioría da poboación, cunhas pequenas excepcións, teñen competencia para ler e escribir; na África, sen embargo, son analfabetos en grande número, polo menos na súa propia lingua, e polo tanto, a súa transmisión cultural e literaria principalmente é oral. En xeral, é dificil pór isto en dúbida, pero poúsanse varias preguntas na miña mente, é dicir, en que lingua están alfabetizados os europeos? E polo tanto, que tradicións literarias se conservan nas bibliotecas? Os froitos literarios dos europeos soamente se conservan nas bibliotecas? Ninguén conservou unha biblioteca en vella voz? Que tipo de literatura puideron desenvolver e transmitir as culturas ás que se lles negou a escolarización na súa propia lingua, e polo tanto, o proceso de alfabetización? En opinión de David R. Olson “para poder desenvolver unha cultura escrita son imprescindíbeis institucións que usen dos textos: igrexia, corte, goberno, academia e familia”; tiveron todos os habitantes de Europa esa opción? No mesmo artigo Olson menciona que unha tradición escrita ademais de fixar os textos ten que acumulalos. Como crear unha tradición escrita, se non se dan as condicións mínimas para se poder desenvolver unha cultura escrita, e amais se a maioría dos falantes desa cultura non están alfabetizados? Sendo isto así, podemos afirmar que os pobos condenados a seren analfabetos na súa lingua non desenvolveron tradición literaria ningunha?

Vouvos contar un fermoso pasaxe –na miña opinión, polo menos- que contou miña nai. Noutrora vendíanse bertso-paperas[1] na rúa. Neles aparecían bertsos coñecidos ou mesmo novos e, na nosa vila, polo visto, un home vendíaos no mercado. Nosa nai conta como a miña avoa dáballe unhas moedas para mercar eses bertso-paperas. Tralo xantar meu avó sentábase na cociña e miña nai cantáballe eses bertsos. Eran bertsos longos, e moitas das veces trataban a historia tráxica ou lamentábel dunha rapaza, semellantes aos culebróns de hoxe. Para noso avó, que sabía a medias o castelán, e por suposto, analfabeto, eses bertsos enchían o espazo da “literatura”. Miña nai conta que o avó escoitábaos cos ollos pechados, concentrado nesa historia que se cantaba e contaba. Ás veces, facía para si algún comentario ao fío da historia que estaba a escoitar. Cando escoitábamos esas cousas á miña nai, pensábamos que eran contos vellos doutrara. Pero dende o punto de vista de hoxe, decatámonos de que eses feitos, eses cantos e esas historias eran a “biblioteca” que estábamos a reunir na lingua de noso, que manaban da boca e introducíanse nos nosos oídos. O verdadeiro tesouro literario, sen embargo, era o que ensinaban na escola, a verdadeira “biblioteca” estaba en castelán, e todo o demais, pola contra, só tiña valor folclórico ou “vernáculo”. Polo tanto, a tradición literaria soamente era a gardada nos libros. É curioso como se repite esta opinión ao falar das creacións literarias da oralidade, sexa cal sexa a lingua. Non tiña ningún valor literario ese momento no que miña nai cantáballe bertsos ao avó? E non estou a falar exactamente da calidade deses bertsos ou do propio valor literario, senón da influenza dese intre no meu avó. Pero alguén dirá que iso non son máis que vestixios dun mundo que se está a perder, e seguramente non lle sobrará razón. Por desgraza, no noso caso a desaparición da lingua moitas veces estivo vencellada á desaparación dese mundo, e con esa desaparición vanse moitas cousas, ademais dos costumes. O galego Camiño Nogueira menciona algo así ao ter en conta os cambios da xente da Galiza: “A sociedade actual modelada coa cultura urbana, coas esixencias das novas tecnoloxías da comunicación (...), coas modernas formas de diversión paralizaron a difusión deste tipo de literatura, e hoxe podemos ver como de día en día as creacións literarias populares van desaparecendo da memoria colectiva”. O investigador e recopilador galego salienta un interesante problema. De feito, identificar as creacións literarias orais que unha cultura recolleu durante tempo cos tempos pasados, é considerar a oralidade unha expresión cultural de baixo nivel, e en consecuencia, tal abandono lévanos a perder un importante tesouro literario. Pero esta perda non se vai dar só dende un punto de vista cultural e etnolóxico, tamén pódese ver na perda dos modelos narrativos. Ante a escrita deíxase de lado a creatividade literaria da oralidade baixo unha opinión da “incultura” ou como moito dun “paternalismo” barato, na medida que é unha expresión folclórica do pobo. A cultura e literatura de alto nivel atoparémola nos libros, e hai que educarse con eles, se queremos ser persoas cultas. Este fenómeno de todas as culturas de Occidente agrávase nas linguas nas que a oralidade é principal, por exemplo, no eúscaro. Falar da tradición literaria con estes criterios traerá como consecuencia a pobreza, porque non se terán en conta a creatividade literaria que menciona a señora Noia. E seguindo por este camiño, ao escribir na propia lingua hai que coller referencias literarias doutras linguas, facendo nosos modelos narrativos alleos. Quere dicir todo isto que educarse noutros modelos lingüísticos está mal? Claro que non, non podemos deixar de lado eses modelos que se desenvolveron ao carón de nós, non para copialos de seu, senón como aprendizaxe.

O escritor italiano Italo Calvino mencionaba magníficamente o interese que os asuntos vellos lle producían. “Se nunha época da miña actividade literaria gostei dos folktales, non foi por unha tradición literaria (...), nen pola nostalxia das lecturas da infancia (...), senón por un interese estilístico e estrutural, pola economía, polo ritmo, pola lóxica esencial na que se contan”.

Coido que Calvino acerta de pleno, logo que a variedade dos modelos narrativos traerá a variedade da literatura. Cada lingua desenvolveu os seus propios modelos, por unha banda nas formas escritas e por outra banda, nas orais. Pero isto non quere dicir que sexan dous mundos sen vínculos. Estou completamente dacordo co que menciona Inazio Mujika Iraola no prólogo do libro “Letrak kale kantoitik” [Letras nas esquinas das rúas] de Anjel Lertxundi. É dicir, “Lertxundi non ten máis remedio que tirar o tabique artificial” que diferencia a tradición oral e a escrita “se quere salientar a continuación que hai entre ambos os dous cuartos.(...) É preciso estudar en conxunto ambas as dúas tradicións, en contra do que se pensou, se se quere ter esa perspectiva xeral”. Para unha lingua como a nosa, o eúscaro, isto é imprescindíbel. Sendo unha lingua que se desenvolveu na oralidade, se no seu desenvolvemento da escrita non da a importancia necesaria á tradición oral, hai o risco de que utilice os recursos narrativos doutras linguas, coa ríxida globalización –se me perdoades utilizar esta palabra de moda- que isto presupón. Non hai que confundir isto con estas opinións que se escoitan: “escribir como fala o pobo”. A tradición literaria que nos ofrece a oralidade non debemos usala para repetila, senón para desenvolvela, para enriquecer a nosa produción literaria e para dar unha alma propia á literatura que se escribe en cada lugar. A opinión do escritor portugués Adolfo Coelho que viviu no século XIX, aínda que sexa extrema, é para tela en conta: “(...) assim as literaturas só têm valor verdadeiro quando aproveitam a minas da tradiçao popular”.

Se temos en conta a tradición escrita literaria que temos en eúscaro até o último terzo do século XX, non podemos dicir que sexa moi rica, polo menos en cantidade. Por iso, nestes últimos corenta anos, sobre todo, os escritores que tentaron anovar e desenvolver a literatura vasca escrita tiveron poucas referencias. Foi difícil a tentativa de crear un camiño propio para a literatura. Por unha banda, as carencias e por outra banda, a dificultade de conseguir o publicado aumentaban as dificultades. De todas maneiras, isto non quere dicir que a literatura vasca vivera a parte das correntes modernas, ou que non se tivera en conta a literatura escrita; máis aínda, podemos dicir que na historia da literatura vasca moitos escritores tiveron en conta a literatura anterior en moitos dos seus traballos, pero tamén os modelos que ofrece a literatura popular. Para moitos escritores á hora de enriquecer o estilo a escrita de Axular foi modélica; e a riqueza da literatura popular foi referencia moitas veces. Tomemos o caso de Aresti. Non se pode obviar a influenza que o escritor bilbaíno tivo na renovación da literatura vasca. Se estudamos os seu traballo, veremos que investigou tanto a literatura vasca escrita como a oral, enriqueciendo a súa labor e botando un semente no camiño á moderna literatura vasca. Exemplo disto é o traballo que fixo a favor de renovar o teatro vasco, que se menciona moi pouquiño. Na obra de teatro “Mugaldeko herrian eginiko tobera” (1961) [Tobera feita na vila da zona de fronteira], por exemplo, tomou a tradición das toberas non para repetila senón para facer o camiño cara o moderno teatro vasco usando as formas teatrais tradicionais. Usa a tradición como fonte de inspiración, e tomando unha forma que seguía viva propón camiños cara un novo teatro vasco. Por desgraza, en vez de se desenvolver e se fortalecer este camiño, hoxe vense demasiadas veces outros camiños no teatro vasco, presentando o matiz vasco moitas veces coa forma dun anovado costumbrismo.

Hoxe, por sorte, a literatura vasca escrita móstrase saudábel (polo menos, ao comparala cos séculos anteriores). O número de vascos alfabetizados é o máis alto da historia. A literatura vasca tomou o seu lugar na escola (tendo en conta todas as precisións que se queran, evidentemente). Aumentou moito a edición de libros (segundo algunhas opinións mesmo aumentou de máis). E na nosa literatura son clásicos xa algúns autores que aínda non teñen os cabelos brancos. Pero esta situación non nos ten que mergullar nunha excesiva euforia. Calquera literatura, pero sobre todo a producida nunha lingua minoritaria como a nosa, precisa de todo tipo de tesouros literarios que deixou o tempo. Atoparémolos nos libros, pero sobre todo nos bertsos, nas historias e noutras expresións literarias que pasaron da boca ao oído. Teremos que mergullarnos nestes, para nos atopar os recursos literarios que ofrece a nosa lingua, e para que a literatura que fagamos teña unha alma propia. Acaso, sexa a oralidade o alicerce principal da tradición literaria que herdamos os vascos, e temos que saber vencellalo ao que está escrito, para botar ese “tabique” que menciona Mujika Iraola. Temos que usar os libros desas dúas “bibliotecas”, se non queremos que a literatura se transforme nun eido estandarizado, globalizado e sen alma; ou para que nos pase o do musgo. Como? Que non coñecedes do que aconteceu ao musgo? Non mo creo; seguro que non o coñecedes? Afortunados sodes todos vós, porque estou eu aquí para vos mostrar as cousas que son verdadeiramente importantes.

Pois, dise que se di, que ao comezo dos comezos todos os seres vivos falaban, as plantas, os páxaros, os animais e as persoas. Pero ao parecer Deus esqueceuse do musgo, e mentras todos os restantes seres vivos estaban a conversar o musgo tiña que estar caladiño. Visto isto, os demais comezaron a lle ensinar palabras. Polo visto, o musgo converteuse no ser máis sabio, porque sabía as palabras de todos. Sen embargo, cando Deus estando na sesta coma sempre, se decatou de que estaban a facer algo que el non fixera berrou “Mekagüen min!”, e quitoulles a palabra a todos, menos ás persoas – xa sabedes, para conservar a autoestima de Deus: “Noso pai que estás nos ceos...” “Está ben, está ben”-. Daquela remataron os tempos afortunados e comezaron os desafortunados. E ao parecer, os únicos que viven na felicidade son os meniños, logo que eles falan cos páxaros, as plantas, os cans...

E cando aconteceron todas estas cousas, daquela, eu, eu estaba alá.



[1] Nota da tradutora: os bertso-paperas son escritos e follas que recollen os bertsos.